El santo de las causas perdidas
Ana Paula Cortés
La había dejado en su escritorio, al lado de unos documentos sellados con un escudo brillante, un mate y una tostada con mermelada a medio comer. La mordida en ella era casi perfecta, una ligera anomalía en el colmillo. La lamí y no estaba mal, así que me tomé mi tiempo para disfrutar del siguiente bocado, no había prisa. Luego de acabar, tomé la pluma y salí caminando de la habitación, sintiendo la alfombra de terciopelo bajo mis patas. Nada que temer.
Un humano alargado, flacucho, con traje negro, piel gris, cabello blanco, nervioso y a veces bastante tonto llevaba unas seis horas buscándome. Era un pésimo cazador. Entre las sombras olía como sudaba cada vez que mi humano, Cardenal, le preguntaba: “¿Tuviste éxito?”. El flacucho sólo se encogía de hombros.
Esta no era la primera vez que jugaba con la delicada sanidad de un humano, hacerlo me mantenía delgado. Pero sí era la primera vez que lo hacía en este lugar. Miles de habitaciones, posibilidades infinitas y sólo uno de ellos buscándome.
Coloqué la pluma en mi escondite junto con la cabeza de rata, el hilo rojo y la cáscara de nuez. Después sentí los ojos pesados y me quedé dormido en el salón de los mapas.
*
—Alfooooonso—, gritó su Santidad.
Llevaba lo que parecían doce horas buscándolo. ¿Dónde putas estaba?
—¿Estás ahí, Alfonso?
—Sí, su Santi…—, el Papa levantó la mano y me echó una de sus miraditas ladeadas, dejando ver sus ojos por arriba de sus lentes. —Francisc…—, respondí, ahogándome. Su Santidad se rio.
—Alfonso ¿has visto mi lapicera?
—¿Disculpe?
—Mi lapicera—, volvió a decir el Papa volteando a ver su escritorio, que solo usaba al visitar el palacio, removiendo un poco los papeles, buscando. —¿Cómo le dicen en tu país? ¿Pluma?—, me quedé calladito esperando la broma, pero solo tuve como respuesta los ojos de su Santidad sobre mí.
—Disculpe…, ¿quiere que le vaya a conseguir otra pluma?
—No, no, quisiera la mía. Tengo que firmar estos papeles y no tengo mi lapicera. Recuerdo haberla dejado aquí arriba—. Su Santidad, vestido de blanco como un oso polar o un mono de nieve, hizo una ademán con las dos manos, firmes, hacia su escritorio.
Su Excelencia seguía buscando la bendita pluma mientras yo intentaba traspasar mi atención del Cardenal y su situación al Papa.
—Su Santi…. Francis… No entiendo—, el viejo, a pesar de verse preocupado se rio ligeramente de mí.
—Mi abuela, Rosa, me regaló esa lapicera. Es la primera cosa valiosa que tuve. Que alguien tuvo la confianza de darme. ¿Conoces la marca Montblanc?
—Algo he escuchado de ella.
—Bueno, pues me la dio cuando me ordené sacerdote y jamás pensé llegaría a firmar estos papeles con ella pero, no sé, es de los pocos gustos que me doy. Y no está—, dijo esto con un movimiento de brazos que cubrió todo el escritorio, como el día en que tomó el nombre de Francisco.
—Muy bien. Y no podría firmar los papeles con otra pluma mientras…
—Imposible, Alfonso, lo siento, pero siempre lo hago con esa y son ritos que no me gustaría romper. ¿Podrías ayudarme a buscarla? Estos documentos son muy importantes y se tienen que firmar lo antes posible.
Me quedé como si me hubieran disparado una inyección de adrenalina en el trasero. El Papa, su Santidad, ¡el Papa Francisco!, la persona del año en el 2013 según el Times, puta portada de Rolling Stones, estaba deteniendo la firma de unos documentos importantes porque no tenía su lapicera. Me ahogué en mis palabras, pensando en cómo decirle respetuosamente a su Excelencia que firmara los documentos, pero no pude.
—Bueno, comencemos, tú busca por allá y yo busco por acá—. El Papa puso manos a la obra agachándose, a sus 83 años estaba de rodillas buscando la pluma, y yo, todavía parado, pensando en el Cardenal, su asunto y los papeles en el escritorio. Eran las once de la mañana y el ángelus se tenía que rezar a las doce. Me subí los pantalones y me puse de rodillas, rezando un Ave María.
*
—Elio…
—Bon, allons voir le Bon Pasteur
—Elio… Elio, regarde!
—Où sommes-nous? Pourquoi toute le monde a une carte sauf moi?
—Elio, regarde! Un chat!
—Comment il y aurait un chat ici? Sabine, juste cherches une carte
—Laisse la carte et regarde!… Regarde, je te dis!
—Mon Dieu! Un chat! Mais qu’es-qu’il fait ici?
Sólo mi oreja derecha captaba el sonido de las voces. Las sentí cerca, mis bigotes captaban el aire, mi nariz el olor a libro viejo, a Chanel No. 5, a que alguien había contrabandeado un sándwich de jamón. Cuando me tocaron el lomo, sentí un choque eléctrico en todo mi sistema. En menos de un chasquido, estaba despierto.
Bostecé largo, enseñando mis colmillos y los dientes perdidos durante el tiempo que viví en la calle. Me estiré, escuchando el “awww” de los espectadores, y sin mirar atrás, caminé hacia una de las salidas. Los humanos me abrieron camino. Algunos gritaban, otros estornudaban, pero la mayoría sonreía. Nadie se atrevió tomarme en brazos.
Bajando miles y miles de escaleras con distintas sensaciones en mis patas, me metí por una de las puertas que eran abiertas por humanos. Pasé del terciopelo al mármol, donde todo era blanco y los humanos, hechos de piedra, se mantenían quietos. Ver humanos admirando humanos me resultaba la cosa más peculiar. Como si esperaran algún truco, como si las estatuas fueran un perro. Al menos yo nunca veía nada extraordinario.
Me detuve enfrente de una estatua en forma de cono de nieve, una mujer en la punta en lugar del helado, con muchísimas mamas para alimentar a todos los animales que cargaba: burros, una especie de águila, cabras, unos tigres con cuernos. Yo me alimenté poco de mi mamá. No recuerdo como era, sólo sé que cuando abrí los ojos estaba solo. Ni ella, ni el resto de mis hermanos estaban allí.
Caminé hacia la estatua con pequeños gusanos delgados como barba y por lo menos una docena de pequeños humanos sobre él. Me subí al pedestal y me quedé quieto. Esto era lo más cercano que tendría a estar con gatos de mi tamaño. Las personas admiraban la estatua y no parecían notarme. No tenía que parpadear, sólo los veía observarnos.
Cuando me estaba aburriendo, me levanté y escuché pequeños gritos. Un choque de gozo atravesó mi espina dorsal. Me acerqué a la cara con barba de gusanos y le lamí la nariz recta. No sabía por qué, pero este tipo de cosas siempre me las habían prohibido. Por eso era divertido hacerlas.
Ya casi de salida me encontré con una estatua de tres humanos, grandes, peleando contra una serpiente. Por un momento me asusté por los ojos que gritaban: “¡Lucha!”. Mis primeros recuerdos son de esa corriente eléctrica que crispaba mi cola, mi dorso y bigotes. El miedo. El perro de la esquina que pasaba para buscar comida. El ruido de los motores avanzando sobre mí cuando debía cruzar la calle. Todos los otros gatos, como yo, que murieron en el intento. Escuché los pasos acercándose hacía mí, diferentes de los del resto. Corrí y escuché sus maldiciones en un idioma extraño. Nadie lo notó, pero sonreí.
*
—No puede ser… te digo que no puede ser esto, Alfonso. ¡Las cosas no se levantan y se van para donde quieren!
—Jesús lo hizo y estaba muer…—, he de admitir que el Papa Francisco era un hombre amable, razonable, con mucha paciencia y amor para darle a las multitudes, pero a veces, cuando se nos quemaba el arroz o perdía la selección de Argentina, su cara se transfiguraba en la de ese viejo al que nadie se atreve a hablar, ese que es capaz de desnucarte si haces el movimiento incorrecto.
—No metas al Señor en esto, Alfonso. Y sigamos buscando.
Su Santidad reviso por décima vez abajo del sillón. Yo, después de media hora buscando, me sentía exhausto. Observé la escena del crimen: papeles por todos lados, oro, reliquias, pero nada de la pluma de la abuela Rosa.
Preocupado miré mi reloj de pulsera y sufrí una taquicardia cuando noté que faltaba poco para el ángelus. Su Santidad ya tendría que estarse preparando para salir al balcón. Ya había gente esperándolo, tanto creyentes como turistas con ganas de ver a Francisco como si fuera otro de los tesoros del Vaticano.
Técnicamente no era cansador ser el Papa, casi todo se hacía por ellos: desde manejar hasta lavar su ropa, pasando por vestirlos. Su salud era prioridad y se les cocinaba lo que ellos quisieran cada noche, pero siempre me había preguntado qué se sentiría que el mundo solo te viera como un tesoro más de la gran ciudad al mando del catolicismo.
—¡Alfonso!
—Su Santi…
—Para eso, no te veo buscando—, dijo éste desde el suelo, al lado de las patas de la mesa, donde estaba hincado.
—Su… Fran… se tiene que preparar para el ángelus—, pareció que le hubiera hablado a una estampita del Espíritu Santo. El Papa siguió en su caza del tesoro.
—Fran… Francis… ¡señor!—, limpiándose las rodillas, el Papa volteó a verme y esperó, paciente, con ojos bien abiertos, mis palabras.
—Decime, Alfonso.
—Se tiene que preparar para el ángelus.
—No habrá ángelus, Alfonso, no hasta que encuentre mi bendita lapicera así que ¡a buscar!—, y aplaudió para cerrar la discusión. Mi pánico comenzaba a hervir.
Por un instante sentí que me había desmayado. Luego me di cuenta que seguía de pie, que era el resto del mundo el que se movía. Me agaché lentamente hacia el suelo y lo toqué para asegurarme que no estuviera temblando. Todo estaba quieto. Y por un momento maldije porque, en ese instante el Infierno no parecía un lugar tan malo para pasar el día en que el ángelus se iba a cancelar por la pluma de la abuela Rosa.
*
Ya hacía hambre. Había estado de vagabundo desde antes que saliera el sol. Desde que salí del cuarto de Cardenal cuando éste fue a su caja de arena, pasé las horas explorando el nuevo territorio, reclamando algunos tesoros y durmiendo. Pero ahora sentía ese vacío en la pancita, ese crujir. Era hora de dejar que el pésimo cazador me atrapara.
Caminé de nuevo, abriéndome paso entre la multitud, como si fuera ese que llaman Papa. A veces, algunos humanos vestidos de traje trataban de atraparme pero, incluso con mi peso extra, soy más rápido que ellos. Me sorprendió ver la cantidad de espacio que había recorrido sin darme cuenta. Volver al edificio donde estaba Cardenal y donde había visto por última vez a mi cazador no fue tan fácil, aunque solo tuve que esperar a que alguien se dignara a abrirme las puertas que necesitaba. La paciencia es una de las mejores virtudes de mi especie.
La puerta de Cardenal estaba cerrada y no me molesté en tratar de abrirla o pedir entrada; en lugar de eso, fui a buscar el pan con mermelada, pero al acercarme noté ruido, mucho ruido. Apuré mi paso y cuando llegué al marco de la puerta, asomé mi cabeza.
*
¿Qué pensaría la humanidad si movilizara a la Guardia Suiza para buscar una pluma? El sólo imaginarlo me provocó ganas de ir entregando mi renuncia firmada, ¡pero no se me ocurría otra solución! El Papa seguía agachándose, subiendo y bajando, como un elevador descompuesto, buscando debajo de todo objeto, tuviera o no espacio para ocultar la pluma.
Yo seguía sobre mis rodillas, asegurándome que el piso no se moviera, sosteniéndolo con las puras huellas de mi mano derecha. ¿Cómo era que un hombre de 83 años tenía tanta energía? Sabía que la medicina china había mantenido al corazón de su Santidad fuera del quirófano, pero esto era ridículo. Su Santidad Benedicto era lento desde los 80 años. Hacer lo que estaba haciendo Francisco lo hubiera mandado a urgencias.
Juro que en ese momento mi reloj me susurró: quince minutos para el ángelus, y ¡se rio!
—Alfonso—, al escuchar la voz del Cardenal González recordé mi otro pendiente de la mañana. Me dieron ganas de acostarme en el suelo a buscar al gato, pero si no me había agachado por la Papapluma, menos lo haría por un gato.
—Cardenal—, dije desde el suelo.
—¿Has tenido éxito? Ah, su Santidad, ¿y esa cara? ¿No debería estar preparándose para su salida?
—Perdí mi lapicera, Cardenal, la lapicera que me dio mi abuela Rosa cuando me ordené sacerdote.
—Ah, qué barbaridad y ¿no ésta por ningún lado?—, y ahora otro religioso se encontraba en el suelo, agachado y sin dudarlo al lado del Papa. ¿Será que esos vestidos los rejuvenecen?
*
—¿Qué es una lapicera?
*
—La hemos buscado por casi una hora y no está ¡no está!
—Tranquilo, su Santidad, la vamos a encontrar—, yo apenas me iba levantando. Sacudí mis rodillas, con miedo a hacerlo muy fuerte y perder el equilibrio. No podía dejar de pensar en la hora, contaba de sesenta en sesenta, temiendo ver el reloj. El Papa y el Cardenal seguían hablando de la pluma.
—Mira que las cosas se pierden aquí, yo traigo perdido a mi gato.
—¿Cómo que un gato? ¿Cómo es posible que las cosas se pierdan aquí, Alfonso?
¿Cómo es posible que cinco mil hombres comieran de cinco panes y seis pescados, que el agua se hiciera vino, y que un Papa no fuera a salir a dar el ángelus, una tradición de casi seiscientos años, porque no encontraba ¡una pluma!? Milagros y desgracias increíbles sucedían desde antes de Cristo ¡su Santidad!
En lugar de decir eso, aclaré mi garganta y hablé con el tono más autoritario que podía en presencia de uno de los hombres más poderosos del mundo.
—Francisco, marcaré a la Guardia Suiza para que encuentren su pluma. ¡Nadie saldrá del Vaticano hasta no dar con ella! No se preocupe—. Las miradas que siguieron a eso no sé si nacieron de mi tenacidad o mi estupidez.
*
Oh, pluma ¿eso buscaban? Yo tengo una pluma, si eso es necesario para que me den de comer puedo dispensar de ella. Inicié el camino hacia mi escondite, lo cual era un tanto molesto porque ya había recorrido el largo camino de vuelta.
Cruzando el salón de los mapas, la pintura del humano sin ropa siendo sostenido por otros dos machos y tres hembras, con cara de sufrimiento, mirando al cielo. Y luego, bajando unas largas escaleras circulares, entré a la sala del silencio, donde nadie tomaba sus cámaras o celulares, donde todos miraban al techo.
Me detuve para descubrir porque las personas miraban hacia arriba y ¡ah, su madre! Mis orejas se bajaron por un momento y me hice lo más pequeño que pude, sosteniéndome con mis garras sobre la madera del suelo. ¡Los dibujos en el techo se movían! Miles y miles de humanos desnudos y en vestidos, con barba, flotando, moviéndose en ondulación. Cuando me aseguré que no me caerían encima mis orejas se agudizaron y pude escuchar rezos, como los que pronunciaba mi humano. Comencé a ronronear. Luego, recordé que tenía hambre, mi misión, y caminé hacia la madera hueca donde tenía mis cazas del día y tomé la pluma.
*
Un soldado, en esos trajes ridículos y en extremo imprácticos entró al despacho para pedirle a su Santidad que se fuera preparando. Sufriendo un ataque de adrenalina, no dejé a nadie hablar.
—Moviliza a toda la guardia, que se cierre el Vaticano, ningún turista sale, hemos sido robados. — El guardia se quedó pasmado, y luego, cuando estaba punto de salir corriendo, el Papa, líder del ejército, levantó la mano dudoso, hablándome a mí.
—Alfonso, no estoy seguro que esto sea tarea para la guardia.
—Pero su Santidad tiene razón, como es posible que se perdiera su pluma, este es el Vaticano, tenemos un ejército de cien hombres y otros cientos de guardias de seguridad. Usted no se preocupe, encontraremos su pluma, su lapicera. La abuela Rosa estará orgullosa—, no me era necesario ver la cara del Cardenal, o el entrecejo arrugado del Papa, o el semblante de confusión del guardia para saber que estaba teniendo un ataque de pánico.
El Papa y el Cardenal dieron un paso hacia mí, queriendo tranquilizarme y, por alguna razón me sentí acorralado. Volteé mi cabeza en un milisegundo hacia ellos, como queriéndoles decir: “Quietos que los estoy viendo”, como si fueran hombres armados o los niños en la prepa queriéndome robar el dinero que tenía. Doblé las rodillas listo para correr o saltar sobre uno de ellos. En ningún momento pensé activamente en dónde estaba y que no me encontraba en peligro. Por lo menos no hasta que sentí algo restregarse en mi pierna y al voltear vi al gato blanco con la pluma entre sus colmillos.
*
Ese abrazo fue un regalo. Ver su postura me hizo recordar todas esas veces que los humanos se atrevían a rodearme y algo en tu interior te decía que no era para darte de comer o acariciarte.
No fue hasta que llegué a la casa de Cardenal que decidí que ese sería mi hogar. Primero, él me veía desde lejos, me daba de comer y beber, luego me dejó entrar a su cuarto, y cuando me puso el listón rojo alrededor del cuello sentí que no tendría que preocuparme nunca más de nada.
*
—¡Mi lapicera!—, dijo su Santidad caminando para encontrarse con el gato. Tomó la pluma de su hocico y luego acarició su pómulo peludo—, muchas gracias, minino. Que quilombo pero, mira ¿ah? Todo resuelto. Buen trabajo, Alfonso.
—…
—Ahora sí, justo a tiempo para rezar el ángelus. Andando.
El Papa, veloz, con esas rodillas que parecían no conocer la fricción, salió por la puerta del despacho con la pluma guardada en su bolsillo. El Cardenal González se agachó para recoger al gato y éste se dejó, ocultando en su blanco pelaje y ojos azules la culpa.
—Al final, Gregorio volvió a hacer de las suyas.
—¿Disculpe?
—Gregorio—, dijo el Cardenal. El gato ronroneando me miraba sin parpadear. —El santo de las causas perdidas. Cada tanto Gregorio, el gato, nos regala un milagro. Lo más curioso es que este tipo de gatos suelen ser sordos y mudos. Pero bueno, eso no le quita lo milagroso. Vamos que nos perdemos el ángelus, Alfonso.
Mientras el gato se alejaba juraría que se estaba riendo de mí.
Ana Paula Cortés Ruiz (Chula Vista, 1993). Creció en Ensenada, Baja California México junto a dos hermanos, una madre lectora y una abuela estricta. Se graduó de la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación en la Universidad Autónoma de Baja California. Aplicó a la Maestría de Escritura Creativa en Español en la Universidad de Nueva York dónde, después de quedar en lista de espera y sufrir del “qué será”, se graduó con la tesis o-no-MATO-pe-ya. En el 2010 ganó el tercer lugar en el concurso anual “El joven y el mar” realizado por la Marina de México y ha colaborado en medios periodísticos como La Gaceta de la UABC y A los 4 vientos. Ha escrito cuentos inspirados tanto en la fauna y flora de la Baja California, como la cultura y costumbres de la península para Caracol: Museo de Ciencias con sede en Ensenada, Baja California. Ha sido publicada en revistas literarias como Zona de Carga, Temporales, y Oropel. Hoy vive en Nueva York, casada con uno de los roomates con los que sobrevivió la pandemia, y dos gatas: Sushi y Sakura. Aunque la literatura es su pasión, paga su adiccón a los libros siendo creadora de contenido, barista y catsitter. Es amante de las películas, la comida picante y el café dulce.


Deja un comentario