Cielos aparte. Fugaces y breves notas contra el ‘nature writing’

María Sánchez

Aquí comienza un sendero a ninguna parte, todavía. No hay instrucciones para transitarlo, no hay maneras ideales de lectura.  ¿Cómo habitar algo que aún no existe? Un camino serpentea a veces sobre sí mismo, apenas se inicia, y se pierde entre recovecos y umbrales. Estos apuntes nacen y se amasan con mi día a día, y con la forma en la que inevitablemente se hace: llámalos esquirlas, retazos, esquejes, remiendos, notas que a la mañana siguiente no entenderé, lista de intenciones, cartas, pestañas guardadas sin límite, búsquedas inútiles en la web o en un jardín, tareas que no se completan, subrayados que quedan en el olvido. Estos fragmentos hoy se encuentran en el limbo. No son todavía el libro que quisiera. Aquí, en este intervalo, quedarán siempre como una fruta sin madurar que nunca cae. Inacabado un libro, un embrión perenne, ¿se convertirá en algo palpable y concreto? No lo sé, aún no lo escribí. Anhelo un tiempo sencillo para la escritura, fuera de interrupciones y migajas, pero en este hoy desde el que me lees todavía no es posible. Lo contó mejor Adília Lopes en un poema: primero el dinero / primero las facturas / la vida después / la vida nunca.

*

Hay un primer impulso: la necesidad de demoler la cabaña. Quebrar la romantización de un espacio de privilegio solo para unos pocos —por no decir «los de siempre»—, y dejar que la intemperie haga su trabajo. Escribir para que crezcan las zarzas y se pudran las jerarquías, palabra a palabra; con ellas aflora la suciedad que se esconde y el impacto que no se quiere ver. Desvalijar la cabaña: desahuciarla de su separación con el resto del mundo. Cuestionar lo aprendido para comenzar de nuevo. Traer al frente todo lo implícito que la sustenta y la anhela. Prohibir puertas y ventanas, también la elevación. Si quiero el derribo es porque algo me pide mirar desde otros lados, porque insiste la pregunta hacia esas narrativas de/sobre/acerca la naturaleza con una dimensión única, sin estratos ni manchas. Veo la cabaña como un mecanismo de seducción y deseo, un paso más para dominar todo lo que queda ahí fuera y que espera el conocimiento y el poder ­—encarnado, la mayoría de las veces, en los mismos cuerpos­­— para ser reconocido, nombrado, planificado, transformado: contado.

*

Vestidita de limpio. Cuando aparecen ante mí imágenes de cabañas de ensueño en revistas, siempre relucientes y ordenadas, mi cabeza me devuelve como un golpe otra estructura, una conocida y cercana: un chozo de pastor. Y de repente tengo las manos manchadas de cisco, apesto a humo y calostro, hace frío y al bostezar yo misma también me empaño. Y cuando me doy cuenta siento quemazón en la piel, porque aquí también se cobijan las pulgas. Y da igual que te empeñes: la suciedad nunca se irá, nunca termina. Conmigo bordada la misma expresión. Una que crecí escuchando en casa. La reproduje como un virus desde niña sin saber el trasfondo y la carga que trae consigo. Un día pregunté, la realidad golpea al idilio. El refrán baja de la montaña, como aquellos pastores que pasaban semanas echaos al monte con las cabras; como único resguardo posible, el chozo. Los domingos que tocaba volvían al pueblo, y con el regreso la palangana, la higiene, la muda pulcra: más a gusto que vestío de limpio.

¿Cómo podrías escribir aquí? ¿Tendrías tiempo? ¿Las manos intactas?

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¿Qué hay detrás realmente de la naturaleza como concepto? ¿Qué intención y poder se esconden tras la palabra? ¿Y si para algunas la naturaleza fuese un mecanismo de huida, un resorte para el miedo y la represión? Pienso en los cuentos de hadas para niños, en el lugar que ocupa ahí lo salvaje, el bosque, todo lo que queda fuera del hogar. Siempre representa algo a lo que temer. El miedo a la pérdida y a garras y colmillos, la aversión a lo fiero y a lo desconocido, partiendo siempre de que es aquí donde solo viven malvados y brujas, ogros y bestias. Pero la tierra recuerda, y en ella siguen las historias y las vidas de aquellos que habitaron las tierras sin nombre y que comprendieron su entorno y sus ecosistemas. ¿Qué tiene que decirnos la tierra?

*

Me pregunto qué nostalgia se esconde tras el anhelo por un territorio, por una cabaña como vía de escape, como último casillero por tachar para que uno se sienta realizado, pueda ser feliz. No el armatoste en sí, lo que encierra tras tejas y tablones de madera. Tú ves una simple cabaña, yo pienso en el impacto de la construcción: quién dejó de vivir allí, qué árboles desaparecieron, dónde va ahora el agua. Con qué facilidad nos embriaga el hechizo: vivir en una burbuja en conexión plena con la naturaleza, nunca estallará: siempre quedará fuera del mundo. Nadie te molesta porque no hay nada. Pero el mundo está en todas partes, por más que queramos dejarlo a un lado. Quizás sea un espejo entre realidades, un temblor entre la experiencia real y la que se sueña. No deja de ser como un fantasma, está aquí, y a veces nos da miedo, otras ansiamos que nos toque para darnos la vuelta y mirar, pero solo hay frío. El espectro vive contigo, no se va: seguimos insistiendo y mirando un pasado que nunca fue como nos lo contaron.

*

(Querida amiga, 

¿Cómo llevas tu novela? Yo soy incapaz de escribir. Odio este estado que queda en un limbo. No dejan de venir ideas que me parecen maravillosas, con ellas me gustaría encender la palabra, y con qué facilidad viene el entusiasmo, me convierto en luciérnaga, solo por un instante. Pero siempre de fondo ahí, el cansancio, la lista de tareas por hacer, el trabajo, la casa, una pila de platos sucios en el fregadero, los mails que nunca terminan, el polvo y el pelo de los perros y los gatos…. si quieres intentamos cada semana obligarnos a escribir, entre las dos, compartir los procesos, lo que nos gustaría hacer, y lo que irremediablemente quedará afuera. Nos sentiremos menos solas, nos reiremos, nos daremos ánimo una a la otra, quedará constancia de la palabra a medias. Y suspiraremos, qué remedio, otra vez, preguntándonos: ¿Cómo sería este poema si no lo hubiera escrito cansada

siempre tuya,

m

pd: rebuscando entre libretas algunas ideas y notas para el posible ensayo que me gustaría escribir sobre el que te llevo diciendo años, recordé una historia que me obsesiona y que también me fascina. ¿Sabías que hubo un tiempo en el que los europeos pensaban que el ave del paraíso no tenía patas? ¡Prometo contarte a la próxima! Creo que te encantará.

Tuya,

m).

*

Algunos apuntes posibles para matar a los padres (bueno, quizás me paso con el asesinato, con hacer otras preguntas quizás bastaría):

  • Audubon, un poema de Anne Carson: 

Audubon perfected a new way of drawing birds that he called his.

On the bottom of each watercolor he put “drawn from nature”

which meant he shot the birds

and took them home to stuff an paint them.

Because he hated the unvarying shapes

of tradicional taxidermy

he built flexible armatures of bent wire and wood

on which he arranged bird skin and feathers

or sometimes

whole eviscerated birds

in animated poses.

Not only his wiring but his lighting was new.

Audubon colors dive in through your retina

like a searchlight

roving shadowlessly up and down the brain

until you turn away.

And you do turn away.

There is nothing to see.

  •  

 El naturalista que mata los pájaros para pintarlos mejor / concebir la luz como una forma en la que la oscuridad nunca existe / ¿solo aquí la luz es muerte?

John James Audubon (John Syme)

Un hombre descansa sin soltar el rifle. Se le atribuye una hazaña increíble: Birds of America. 435 acuarelas de las distintas especies de aves que viven en el continente americano. Algunas de estás láminas no son pájaros reales. Puede que el artista confundiera ejemplares jóvenes con adultos, hembras con machos, que el ave cazada se encontrase en mal estado, que cambiara plumajes entre cuerpos o que simplemente, por qué no, quisiera dejarnos para el hoy un misterio. Quizás fueron pintadas y después vino la extinción. Los naturalistasconquistadoresdescubridores… no llegaron a tiempo para nombrar, clasificar, constatar, sembrar las primeras imágenes. 

En las acuarelas de Audubon los pájaros que nunca fueron habitan cielos aparte. Ellos quizás podrían contarnos los relatos de todo lo que logró esconderse del expolio y el hambre insaciable del primer mundo. Quizás haya un resquicio en el que ellos sobreviven, uno en el que las formas de vida con las que compartían territorio no fueran borradas ni marginadas, uno en el que los coleccionistas y científicos con afán de poseer —a miles y miles de kilómetros— quedasen fuera de la elaboración de ciertos imaginarios. Me gustaría tener tiempo para seguir leyendo “Thoreau’s Indian Problem: Savagism, Indigeneity and the Politics of Place”, de John J. Kucich. Algunas notas: 

—Parece que en este libro el autor no teme desmontar esa sabiduría india del autor. No es algo innato ni caído del cielo. Academia vs. tierra. Vampirización de saberes y formas de mirar y habitar. 

—¿Qué postura adoptó el autor frente a la desposesión a gran escala y la privación de derechos de los pueblos indígenas por parte de su país? El silencio. 

—El argumento de Kucich: el proyecto de Thoreau era meramente personal; estaba menos interesado en incorporar «a los pueblos nativos a la sociedad americana del siglo XIX» que en utilizar «su diferencia cultural como una forma de contrarrestar [personalmente] lo que él consideraba sus normas embrutecedoras y perjudiciales».

    ¿Cómo sería Walden si lo hubiera escrito un indígena? ¿O un esclavo? ¿O una familia campesina? ¿Qué imagen nos devolvería del amado escritor?

Queremos “conquistar” el aire libre, la naturaleza, tener para nosotros una cabaña propia, en mitad de la nada. En nuestro imaginario, Thoreau se nos presenta como el primero que se “aleja de todo” en una naturaleza que se nos presenta siempre como virgen y salvaje, fuera del mundo. Si Thoreau es pleno y añoramos ser como él, es porque logra la plenitud a través de la soledad. Sigue siendo así, invisibilizando interdependencia y cuidados. Un hombre solo en un espacio indomable, para la gran mayoría, es igual a éxito. 

Esto de Louise Westling: Thoreau creó una postura sentimental hacia la tierra y sus criaturas que enmascaraba y simultáneamente borraba la conquista y destrucción del continente “salvaje”.

Volver a leer a Thoreau queriendo destruir su cabaña se me revela como una tarea difícil. Detrás del hombre enamorado de la naturaleza, sobre lo que tanto se ha insistido y que se ha capitalizado, en algunos pasajes emerge la mirada de alguien que se cree superior a todo lo que le rodea. Por ejemplo, tropiezo con un fragmento en el que niega la plena humanidad a quienes no han leído los mismos libros que él. No solo en el ámbito de la literatura y el conocimiento: Thoreau niega la entrada a esa naturaleza verdadera para él a los que no comparten su misma forma de apreciar y estar. Aquí se establece un estatus, un lugar de contar por encima de otros, y unos límites que marcan un lugar y nos dicen que solo aquellos que han dado el nombre, y han comenzado a contar y escribir acerca de la naturaleza y sus glorias, son los elegidos para reclamar su propiedad.  

El privilegio de la intelectualidad frente a los otros: analfabetos, pobres, salvajes. 

El elitismo de los hombres blancos: solo ellos tienen una conexión auténtica con la naturaleza.

Una idea tonta que me da mucha risa: Walden Woods lleno de “pioneros” como Thoreau. Todos quieren llevar a cabo su particular experimento de soledad. El privilegio del aislamiento y de que no haya otros con tu mismo estatus ni circunstancias aquí no sería posible. Desaparece la narrativa única, el derecho propio. Walden sin agua, sin leña, sin frutos. Walden lleno de basura. ¿Walden sobreexplotado?

—Quiero volver a escuchar Field Trip, un pódcast maravilloso sobre los parques nacionales de Estados Unidos. En uno de los episodios, los nativos sacan a la periodista de los límites oficiales del parque. La llevan fuera, más allá de la frontera ficticia hecha a base de normativas y leyes. Es aquí, aquí comienza nuestra casa.  

¿Cómo fueron las geologías y los procesos culturales que marcan un lugar como espacio protegido? ¿Qué lógicas siguieron las instituciones que delimitaron los bosques y los parques nacionales? 

Hay filosofías de la naturaleza que imaginan y se recrean en la superioridad de la raza blanca y de la masculinidad: el célebre naturalista John Muir describía a los nativos como salvajes que llevaban vidas extrañamente sucias y desordenadas… en esta naturaleza sucia.

La genealogía de un lugar que se protege para conservar la naturaleza salvaje. ¿Dónde quedan las historias de aquellos que fueron expulsados de su tierra con la excusa de preservarla? El ambientalista Aldo Leopold justificó y defendió que se debía segregar y proteger la naturaleza, esa tierra virgen con disponibilidad infinita, mientras las políticas del gobierno de su país forzaban a los nativos a asimilar las leyes y la cultura del hombre blanco. ¿No es fascismo acaso una visión de la naturaleza que prioriza ciertas especies y ecosistemas sobre otras? 

*

(Quiero escribir sobre los célebres y amados padres del nature writing. Sacar sus trapos sucios, hurgar en sus diarios, expoliar sus palabras, redignificar las vidas y las historias de aquellos que quedan al margen. Conocer la sombra. Servirme del concepto ecología oscura, de Timothy Morton: la naturaleza no es solo un lugar idílico y bello, también está hecho de aspectos complejos y oscuros que ignoramos y nos empeñamos en no ver. Oscuridad fuimos, también hoy somos.) 

*

Una cita de Cristina Rivera Garza: “A la escritura le sigo pidiendo lo único que vale la pena pedirle: que produzca realidad”.

Ay, esta cita increíble de Marge Piercy: “They fear us because we imagine a world that doesn’t need them”

*

Representaciones hegemónicas de la naturaleza: un lugar vacío, virgen, salvaje, subutilizado, desaprovechado, no usado. 

Cierto nature writing se sigue sosteniendo sobre conceptos supremacistas de nación, género y raza. La naturaleza no deja de ser un mero recurso, otro lugar que vive sin lo humano, separado de él. Una naturaleza que solo es verdadera si es pura y libre de contaminación e influencia humana. Aquí el espejismo de la tierra salvaje e intacta solo para unos pocos: aquellos que pueden conquistarla, domarla, nombrarla, ordenarla y también, disfrutarla. 

El escritor sigue en el centro. Es el elegido para transformar y contar. La naturaleza tiene valor y significado porque él tiene el don de narrarla. Se convierte en un medio para alcanzar sus fines. Narrativas de despojo y egocentrismo. 

¿Quién cuida de los hijos del escritor que se retira a la naturaleza? ¿Quién se hace cargo de todo mientras él es feliz emborrachándose solo por fin en su cabaña?

¿Cuáles han sido las palabras/privilegios/deseos/ideas/imágenes/creencias/sueños que hemos elegido para contar al otro?

Escribir prestando atención: mirar sin un ojo dócil y amaestrado.

No debería contenerse el mundo solo en la mirada de un hombre. ¿Es el tiempo de pedir a otras nuevas maneras de cuestionar, mirar y pensar?

¿Cómo será un nature writing desde la emergencia climática, la extinción, el hiperextractivismo y la colonización? En este tiempo de heridas, ¿qué haremos con nuestras herencias?

*

Habitar otra posibilidad: un proyecto narrativo que se aproxime desde lo sensible. Para ello, quizás, habrá que descartar narrativas antropocéntricas que reducen, que escriben de los otros como meros objetos de curiosidad, que los despojan de agencia, intenciones y de la capacidad de ser, también, sujetos narrativos. Puede que ahí esté la necesidad de derribar la cabaña soñada: con ella va implícita el relato de ese retiro a una naturaleza bravía en la que los otros seres humanos nunca tendrán lugar. 

Otros modos de conocimiento y escritura: habitar otras escuchas. Ser conscientes de la reciprocidad y la interrelación en un mundo vivo del que formamos parte, siempre fue así. Otras maneras de afecto e intimidad fuera de las viejas lógicas de dominación, desposesión y ruptura más allá de lo humano.

*

Der Paradyss Vogel», engraving of a bird of paradise (Paradisaea sp.) attributed to Steffan Hamer (1550-1555). Schlossmuseum, Kupferstichkabinett, Gotha.

Notas sueltas sobre el ave del paraíso: creían que eran criaturas que solo podían vivir en el cielo y tomaban tierra para morir. Se ayudaban de sus alas para colgarse de los árboles y así descansar. El macho tenía, a modo de nido, un hueco en el dorso para que la hembra pudiera incubar los huevos. Y estas tareas siempre se realizaban en el vuelo. Estos mitos quedan reflejados en algunas representaciones de la época: aquí el ave se asemeja más al pez. Así también se hacen historias, imágenes, relatos, poemas, también el nombre científico: Carlos Linneo la nombró Paradisaea apoda porque los ejemplares que llegaban no tenían patas. El objeto de estudio nunca en su hábitat ni con vida: solo como algo que se caza, y se toma como descubrimiento. Los primeros ejemplares llegaron Europa en 1522: no se sabe si fueron dos o cinco aves mal disecadas, a bordo de la Victoria junto al resto de la expedición de Fernando de Magallanes y Juan Sebastián Elcano.

El ave mal imaginada desde el primer mundo, objeto cazado, disecado, mal conservado e incompleto, también es una narrativa.

Todo lo sucedido deja su pequeña herida.  

¿Siguen sobreviviendo estas maneras particulares de entender y escribir el mundo?

Si me gusta tanto este Jardín de amor de Remedios Varo es porque el resguardo —o escondite— nunca podrá ser permanente. ¿Qué fue primero en este cuadro? ¿El árbol hizo la cabaña o fue al revés? El recoveco que te ofrece este espacio es temporal, siempre podrás ser vista por los pájaros. Una pareja conversa porque no hay ventanas, no hay separación. ¿Quién nombra a quién? Este fragmento dialoga con lo que tiene alrededor, no impone, no domina. Siempre, como todo lo demás, quedará a la intemperie. Podría ser una escena de amor, pero a mí me gusta imaginarla como el comienzo de otras narrativas que quieren escribir de la tierra. Unas que no vampirizan ni sientan cátedra, que dejan atrás la única historia y la conquista en base al raciocinio y al progreso.

María Sánchez (Córdoba, 1989) es veterinaria y escritora. Trabaja con razas autóctonas en peligro de extinción, defendiendo otras formas de producción y de relación con la tierra como la agroecología, el pastoreo y la ganadería extensiva. Colabora habitualmente en medios sobre literatura, feminismo, ganadería extensiva, comida y cultura y medios rurales. Es autora de los poemarios Cuaderno de campo y Fuego la sed, y los libros Tierra de mujeres: una mirada íntima y familiar al mundo rural, y Almáciga.  Sus libros han sido traducidos a varios idiomas. Ha recibido diferentes reconocimientos, entre los que destacan el Premio Nacional de Juventud de Cultura INJUVE; la Medalla de Andalucía 2023 al Mérito Medioambiental; el XLIV Premio Internacional Afundación de Periodismo Julio Camba y el I Premio Poesía de Zenda a su último poemario, Fuego la sed. Vive en una aldea de Galicia. 

2 respuestas a «Cielos aparte. Fugaces y breves notas contra el ‘nature writing’»

  1. Avatar de Thalía Ameyatzin Bernal González

    Cuando leí Walden, primeramente se me hizo confuso aquello de los costos y construcción por dos razones: 1) me encontré con un ser que simplemente eligió un espacio que habitar sin pensar en el impacto que eso generaría en un entorno tan natural – quién te dijo que eras bienvenido-; en segundo lugar, me causó inquietud justamente esa idea de salir y tomar lo que quería en el momento que quiso, pues eso también lo sentí como privilegio.

    Poco a poco me fui adentrando en su lectura y confieso que al final, esas reflexiones que tiene el libro alegraron mi ser en el sentido de que eran contemplativas, bellas, aún así no eliminaron la idea de haber irrumpido en un espacio en el que su presencia no era necesaria. Fue mi primer acercamiento al natural writing, sin embargo, mi forma de comprender mi entorno, la sociedad, mi propia presencia en un espacio natural se han ido modificando.

    Gracias por compartir tus reflexiones en torno a esta forma de escritura y las nuevas formas de comprender el mundo natural y a sus habitantes.

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  2. Avatar de Rodrigo Q
    Rodrigo Q

    Recién descubrí a la autora gracias a una columna de María José Navia. Me gustó todo lo que leí ahí y gran parte de lo que María escribe aquí. Amo al la obra Walden, y justo hoy talo un bosque para construir mi cabaña medio influenciado por la «natural writing». Mientras lo hago algo duele ,y no me refiero a la espalda o los brazos. Me dolían los árboles cayendo. No había pensado en lo que aquí escribe María. Recién hoy me detengo y reflexiono. Supongo que la literatura y el lenguaje provocan eso: detenernos, cuestionarnos, cambiar, profundizar…Los árboles lloran resina. Tal vez el proyecto cabaña troca en ruco o choza.

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