Juan Camilo Rincón
La escritora y periodista colombiana Silvana Paternostro, considerada en 1999 por Time y CNN entre los 50 líderes latinoamericanos para el nuevo milenio, reedita su libro Soledad & compañía (Planeta, 2024), un recorrido por la vida de Gabriel García Márquez en la voz de quienes lo quisieron, lo admiraron y lo envidiaron.
Una coralidad audaz y orgánica. Así podría definirse este libro que nació en un conjunto de entrevistas hechas por la autora en el año 2000 para un artículo que le pidió una revista neoyorkina. El experimento creció y, desde las horas y horas de grabaciones de las conversaciones que Paternostro sostuvo con numerosas figuras (fotógrafos, escritores, editores, traductores, agentes literarios y otros tantos), tomó forma un libro que vio la luz por primera vez en 2014.

Con los años se sumaron nuevas capas de voces –la de Carmen Balcells conmovida ante la muerte de García Márquez, una de muchas–. A través de ellas y del tejido que hoy construye Paternostro, podemos encontrarnos con el costeño parrandero, dicharachero, creativo, angustiado, a veces tímido y al final menguado que nos entregó una de las obras más poderosas de la literatura latinoamericana.
En el prólogo usted nos cuenta que este libro nació por un artículo que le encargó una revista estadounidense. ¿Cómo fue el ejercicio de construcción a partir de ahí?
Esta edición tiene tres partes, pero yo originalmente la pensé en dos. Esto empezó como un artículo en el año 2000; me llamaron de una revista en Nueva York, donde yo vivía en esa época, y me dijeron: «Queremos dos mil palabras, historia oral, oral history». Es este género que usan las revistas muy de alta literatura para dar cuenta de esta especie de behind the scenes de algo. Hay tres libros muy buenos en este género, que yo quiero mucho: la historia del punk-rock, Please kill me; uno sobre Edie Sedgwick, esta niña del mundo de Andy Warhol, preciosa, inteligente, creativa, que cayó en la depresión y las drogas, tuvo una vida muy trágica y murió muy joven. Esa fue la primera contada en modo historia oral, también literaria, narrativa. Y luego la de Truman Capote. El asunto es que me pidieron este artículo cuando a Gabo le diagnosticaron cáncer.
Seguro pensaban que iba a morir pronto
Claro, ellos pensaban contar los últimos días de Gabo, pero él duró catorce años más y la revista no tanto (risas). Querían que entrevistara a los grandes personajes con los que él se codeaba en ese momento, porque era el que hablaba con Bill Clinton, el que iba a Cuba a hablar con Fidel, Hollywood lo quería muchísimo… Yo les dije: «eso no les va a decir nada interesante sobre Gabo». Yo soy de Barranquilla, lo había conocido en un taller de periodismo que duró tres días y me interesó esa personalidad que vi, porque soy costeña y quería entender cómo era ese personaje, apartándolo del Premio Nobel. Empecé a observarlo como periodista −que también yo ya lo era en ese momento− y les dije: «Yo creo que lo más interesante son las voces de las personas que lo conocieron antes de que él fuera el García Márquez que ustedes quieren resaltar en la revista; les voy a traer las voces de sus primeros y últimos amigos». Me dijeron: «¿En serio? ¡Wow! Boleto para Barranquilla» –de la que, por cierto, Gabo dijo que era como Macondo cuando se hizo ciudad–. Llegué allá, me instalé en el Hotel del Prado, le hice una llamada a mi tío y él me dijo: «Déjame que voy a llamar a Juancho, uno de los personajes más costeños». Llego allá y Juancho llama a Quique, que llama al otro, y yo me quedé tres semanas con la grabadora prendida.
¿Qué tanto había de García Márquez en su vida?
Cuando aquí hubo el boom de Cien años de soledad, yo tenía diez años. Nunca leí a Gabo en el colegio; el primer libro fue El general en su laberinto, en el 82. Además fui al colegio americano, el vallenato no se escuchaba como se escucha ahora, no era aceptado ni era parte de los playlists en las fiestas de adolescentes, donde ponían pura música gringa. Yo no sé si estaba predestinado que a mí me tocara recoger para entender, porque durante mucho tiempo tuve una relación muy desafiante con Colombia.
¿Cómo fue volver a encontrarse con esas entrevistas, diez años después?
Cuando en 2010 Cristóbal me dice: «Hagámosle al libro», yo dije: «Ok». Me pongo a escucharlas y encuentro que no son de gran calidad, porque además se oye el pito del bus y esas cosas, pero me reía, lloraba… Por ejemplo, está Armando Zabaleta, el vallenato, cantando a capela. Yo lo fui a ver y él estaba en su mecedor, en el antejardín de su casa, que es algo súper costeño. Él escribió ese vallenato contra Gabo porque donó el dinero del Premio Rómulo Gallegos a la organización venezolana MAS (Movimiento Al Socialismo). Me pongo a oír todo eso y digo: «¡Wow! Esto es una maravilla, pero tengo que ponerle contexto». Entonces hago una segunda serie de entrevistas, ya sabiendo cuáles eran los huecos a llenar. Dentro de todo esto están las primeras cintas del 2000, luego las del 2010. En esas está, por ejemplo, la de Emmanuel Carballo, y ahí le doy esa profundidad de cómo Gabo escribió Cien años de soledad; también está Gregory Rabassa, el traductor al inglés.
¿Gabo murió antes de que usted publicara el libro?
Sí, y yo en esa época estaba en México. Como Cristóbal tenía una relación cercana con Carmen Balcells, le mandé las preguntas a través de él para ver si ella me las contestaba, e incluso yo estaba dispuesta a viajar a Barcelona. Gabo empezó a decaer y yo esperando, esperando; el libro estaba digamos en un 80, 90%, pero yo quería la voz de Carmen. Gabo muere el Jueves Santo, y yo recibo las respuestas de Carmen a los dos días; esa grabación es divina por la voz conmovida de ella. Yo le pregunté sobre la relación de él con el dinero, su tránsito de pobre a rico, por qué se negaba a que llevaran Cien años al cine, si le habían pedido los derechos para hacer camisetas y llaveros, y me dice: «¿Usted qué tiene contra los llaveros y contra las camisetas? El gabismo será una religión». También me dijo que nunca jamás se darían los derechos de Cien años. En la tercera parte, por ejemplo, está Dasso Saldívar, que además ha sido generosísimo con sus historias. Me contó que cuando él va a los países de Europa del Este la gente le pide que le firme los libros de Gabo, y como si fuera él; hay toda una devoción. ¡El gabismo es una religión universal! El caso es que el libro salió en Colombia, en México, yo seguí con otras cosas pero, como decía ella, el gabismo continuó y cada dos años había un notición que le daba la vuelta al mundo.
¿Cuándo nació la idea de actualizarlo y hacer una nueva edición?
Yo estaba aquí hace como tres años, presentando mi primer libro, En la tierra de Dios y del hombre. Fui a hacer un conversatorio con la Fundación Gabo y alguien me dijo que no conocía mi libro; entramos a la librería del Fondo de Cultura Económica y me dicen: Ese libro es bueno pero está fuera de circulación. Entonces me propuse volver a sacarlo actualizado, y se lo planteé a Planeta. Yo estaba aquí en marzo y había una gabomanía por los diez años de su fallecimiento, la noticia de la hija, la publicación de En agosto nos vemos, luego lo de Netflix –precisamente yo estaba haciendo un trabajo para Vanity Fair sobre la serie–, entonces hice una ronda de entrevistas para la tercera parte y de nuevo me senté a escribir.
Precisamente sobre eso, uno supone que fue un trabajo enorme organizar las voces para que el libro se sienta tan orgánico.
Es que si yo hago una cantidad de entrevistas con una sola persona, no tiene un arco narrativo, no te cuenta la historia de Gabo, sino mi conversación con esa persona, y eso no es un trabajo literario, no te entra a la historia. Aquí mi misión es hipnotizarte y llevarte de la mano desde el momento que él nace hasta que muere, sobre todo ahora que sigue apareciendo.
Y usted logra registrar los últimos rastros de la oralidad de figuras como el fotógrafo Nereo, Héctor Rojas Herazo, por ejemploEn inglés hay un dicho: «Ignorance is bliss». Yo me fui de Colombia a los catorce años, entonces no tenía tan presente que estaba conversando con estos dioses del Olimpo. Yo llegaba súper desprevenida con mi grabadora y mi nariz de periodista y hacía preguntas, pero recién ahora me doy cuenta de la importancia de estos personajes. Cuando los conocí ya perdían la memoria, titubeaban, no se acordaban de cosas. Era un poco un atrevimiento el que yo llegara sin tener mucho background, y este libro me ha hecho entender y encontrarme con esa Colombia literata, la Colombia de regiones. Lo que sí tenía claro era que somos un país muy violento y por eso mi necesidad y mi urgencia de poner voces que no son solamente historias bobas de García Márquez; por ejemplo, las historias de Nereo cuentan el periodo de la violencia. Además, yo en ese momento no era ni gabóloga ni gabólatra ni nada; simplemente fui detrás del rastro de este personaje que se me había convertido en uno que yo quería descifrar, seguramente porque quería descifrar Colombia, descifrar el periodismo que hizo, las novelas que escribió


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