«Hay que echar a andar un aparataje muy grande para que el fomento lector suceda»*: Entrevista a Claudio Aravena

Por Catalina Estrella

Claudio tiene un rostro muy expresivo, como si estuviera pensando en mil cosas y armando una idea mientras te habla. Sin embargo, no suelta la mirada atenta y procura no perderse en la conversación. Un tibio sol de otoño le llega en la cara cuando abre el portón para recibirme en la Fundación La Fuente, institución sin fines de lucro que trabaja por el fomento del libro y la lectura, en donde actualmente es Gerente de Desarrollo. Con la amabilidad que lo caracteriza, entrecierra los ojos, suaviza la mirada, y me invita a pasar a una oficina del segundo piso, no sin antes hacerme un rápido tour por las instalaciones. Justo ese día coincide con una capacitación a más de veinte docentes de distintas comunas de la Región Metropolitana y con la antesala al Tercer Seminario de Mediación en bibliotecas escolares, que fue organizado por la Fundación y su comité, el centro de estudios Troquel, en el marco de la Furia del Libro 2025, realizada en la Estación Mapocho. La energía es alta y el tiempo escaso, pero el entusiasmo no decae.

Hago dos preguntas iniciales y le anticipo que son más bien generales y románticas, porque se relacionan con algunas ideas que me dan vueltas hace rato y quisiera su opinión.

—Muchas veces mis colegas y amigues me cuentan que están pasando por un bloqueo lector y yo respondo que eso se puede resolver leyendo literatura infantil. Si tú tuvieras que recomendar un libro de esa línea, pero para una persona adulta, ¿cuál sería?

A Claudio se le ilumina el rostro y, con evidente entusiasmo, me cuenta que le encantan los libros del autor e ilustrador Tommy Ungerer. 

«Yo recomendaría cualquiera de Ungerer: Los 3 bandidos, Cryptos, el que sea. Lo importante es que siempre le da una vuelta a la mirada de la infancia, eso lo encuentro muy potente», me dice.

—¿Cuál dirías que fue el libro que te hizo lector? Puede ser que cuando niño no lo hayas reconocido como tal, pero ahora de adulto podrías volver a tus primeras lecturas y quizás reconocer el entusiasmo inicial.

«Quizás esto es súper perno, pero, ¿el Atlas? Me encantaba aprenderme las banderas y los nombres de los países, sus capitales y repetirlas de memoria. La tierra y sus recursos, todos esos libros como de Geografía, al menos a mi me encantaban. Tengo muy vivo el recuerdo de cuando mi mamá los fue comprando por tomos y también el del cuerpo humano». 

Claudio hace una pausa, unos segundos de profunda reflexión, como si escarbara en el recuerdo de algo que sabe muy presente y muy lejano a la vez, y agrega:  

«¡El Icarito! Ese llegaba una vez a la semana, el martes, entonces yo lo esperaba. Mi papá iba al quiosco y me daba el Icarito y yo los juntaba y los tenía todos por orden en el closet. Me acuerdo mucho de los temas y también de las imágenes».

—Eras un lector muy curioso.

«No, claro, mi formación como lector fue a partir de la curiosidad y no necesariamente por la ficción. Yo diría que la no ficción también me ayudó un montón. Ahora de adulto, me he dado cuenta que en el fondo la no ficción sigue gustándome. Leo muchas crónicas periodísticas, investigaciones, libros políticos, todo eso mezclado con cosas de ficción. Voy comprando y leyendo de las dos cosas. Siento, todavía, que la lectura está muy asociada, para mí, al aprendizaje. Disfruto mucho aprendiendo cosas hasta el día de hoy».

—Claudio, ¿cómo fue que llegaste a desempeñarte en la literatura y la educación? ¿Tenías esa motivación cuando empezaste tu carrera o fue más bien el camino que te trajo hasta acá?

Sin duda fue el camino.

—Cuéntame un poco sobre ese recorrido.

«Estudié literatura, Pedagogía en Letras en la Católica. Cuando egresé, en el año 2000, no tenía ninguna formación ni conocimiento de la existencia de mediación, ni promoción, ni de literatura infantil, ni de literatura juvenil, ni nada. Mi formación consistía en literatura latinoamericana, clásicos y por supuesto educación, propiamente tal, para ser profesor de colegio».

El punto de partida fueron los territorios.

«En general, toda la carrera iba enmarcada a ser un profesor de castellano, pero tuve la suerte de que en ese tiempo una compañera mía, de la universidad, entró a trabajar a la fundación cuando eran solo cuatro personas y me pidió mi currículum, por si acaso lo necesitaban”, dice. Después de un tiempo, yo diría que unos seis meses, apareció una vacante para un proyecto en Peñalolén: un bibliomóvil. Yo no tenía todavía trabajo estable, estaba como todos los alumnos de pedagogía recién salidos haciendo reemplazo de licencias de pre y post natal». 

Claudio me cuenta que en una entrevista le explicaron que el proyecto era una idea piloto que consistía en llevar libros a cinco escuelas básicas de Peñalolén que no tenían biblioteca escolar y que necesitaban un programa de apoyo con libros.

«La idea era visitar cada sala de clase e invitar a los niños a este espacio que armábamos en una salita que era una especie de bodega adentro de la escuela. Bajar unas cajas plásticas, con los libros, e invitar a los niños a que fueran a ese lugar a sacar libros».

Claudio aceptó y durante dos años recorrió todas las salas de esos cinco colegios, leyendo cuentos todo el día. 

«Seleccionábamos historias por edad, leíamos y yo al final les decía: “oye, mira, en el patio, al lado hay una bodega, ahí estoy yo estoy prestando libros. Vayan a buscar libros a la salita, en el recreo o después cuando se vayan”. Yo terminaba mi recorrido y me iba a este espacio y muchos de los profesores llevaban a los niños y los iban entrando, pero te digo, era un espacio como la mitad de esta oficina. Abríamos una puerta y los niños entraban y sacaban el libro que querían. Yo lo iba a anotar en una hojita y se iban. Ese era el trabajo. Después, llegado el viernes, solo tenía un par de labores administrativas. El cuento corto es que, de ahí en adelante, el camino fue la autoformación», explica, «pero colectiva, entre todos los que formábamos parte de la Fundación. Hubo proyectos que nos permitieron ir creciendo, como la época de Biblioteca Viva, fondos que nos adjudicamos, etc.».

MEDIACIÓN LECTORA

Para hablar de su historia, Claudio repasa la de la Fundación La Fuente. Indudablemente el recorrido al que se refiere al comienzo de la entrevista se entrecruza con el de esta institución que a lo largo de su trayectoria ha formado y capacitado a miles de docentes, madres, padres, cuidadores, bibliotecarios, libreros y un gran etc., en el ejercicio de la mediación de la lectura.  

—Claudio, ¿piensas que esto que ustedes, como Fundación La Fuente, han ido armando en torno a la mediación lectora ha crecido estos últimos años?, ¿Se ha ampliado su difusión?, ¿De la mano de qué?

«Mira, yo creo que son múltiples, múltiples factores. Primero, yo creo que el CRA colabora mucho con que la producción nacional se amplíe. Cuando nosotros cuando empezamos, el año 2003, el CRA solamente estaba enfocado en educación media. En el año 2000, cuando empieza a abrirse básica, empieza a necesitar libros, libros chilenos, ¿cachai? y entonces eso empieza a movilizar investigación, a generar conocimiento, a capacitar. De alguna manera, el mundo de la literatura empieza a levantarse porque, consecutivamente, todos los años, los presupuestos del CRA fueron creciendo hasta el año 2019, donde se alcanzó un peak de inversión con un presupuesto de 8000 millones de pesos. Ahora, post pandemia, bajó a 2000, pero se llegó a ese nivel. Eso movilizó al mercado y a todo el circuito infantil y juvenil». 

Claudio se refiere a las Bibliotecas Escolares CRA (Centro de Recursos para el Aprendizaje). Se detiene en la importancia del programa que da origen y sostiene a estas bibliotecas porque tiene como objetivo fomentar el acceso, calidad y equidad en la educación, además de apoyar el logro de las metas de aprendizaje que se establecen en el currículum educacional chileno. El Estado promueve la consolidación de estos espacios como partes esenciales de los establecimientos educativos y, por lo tanto, de nuestra sociedad.

—¿Es ahí donde entra la mediación? ¿Cuál es la labor que queda por delante?

«Es que el mercado infantil y juvenil, en general es un mercado súper dinámico, tiene un montón de tipos de libros, tiene un montón de autores y, por ende, tiene un montón de miradas distintas. El que hayan tantas editoriales solo en Chile, calculo que entre treinta y cuarenta, también implica que no le da la posibilidad a la gente de conocer todo, entonces siempre se necesita una persona que esté contando, que haya leído los libros, que esté en un club, en un comité de lectura, que estudie literatura, alguien que te traspase el conocimiento. Por eso es importante capacitar y apoyar a los colegios, hay que entender que se tiene que echar a andar un aparataje muy grande para que esto, el fomento a la lectura, suceda, no se puede de otra manera. El desarrollo del pensamiento crítico depende de un esfuerzo conjunto porque las sociedades se transforman, se van ampliando y sus problemas se complejizan. Requerimos voluntades, dependemos de ellas».

—Claudio, hablamos de autoformación, de cómo se levantan proyectos y de cómo trabaja la industria, pero, ¿Qué pasa con lxs lectores?, ¿Hay un circuito de difusión eficiente que permite que los libros de literatura infantil y juvenil circulen fuera de los espacios educativos?

«No, no hay medios, no hay medios ni para libros de adultos, ni para infantiles. Para poder sobrevivir en un mercado con una empresa como una editorial, necesitas tener muchas novedades y varios libros funcionando a la vez porque se venden unos, se venden otros, unos más, unos menos. Todas las editoriales necesitan estar constantemente publicando, a no ser que tú tengas un gran éxito, un best seller y que ese bestseller mantenga tu proyecto pero, en general, las personas venden de todo un poco para ir armando su esquema financiero. Esto significa que cada editor tiene que ser capaz de convencer a un periodista, o a un editor de un medio, de publicar las reseñas de sus libros y eso no funciona. No funciona porque las páginas de los diarios se han ido acabando en el mundo cultural, y no hay reseñistas, no hay crítica de libros. LUN creo que era de los pocos que quedaban, que tenía todos los días una página cultural que se sacó y se dejó solo para el fin de semana. Te aseguro que esas crónicas, esos artículos que se publicaban, deben haberle costado muy poco al diario, porque en general los periodistas culturales también trabajan por muy poco. Si tú te das cuenta, hay mucho, mucho libro y hay poco, poco lugar en donde se pueden mostrar. Las ferias son una posibilidad porque la gente va y mira los stands y escucha los lanzamientos, pero no todo el mundo va a la feria, porque no todo el mundo puede ir a la feria.

Los medios masivos deberían ser el camino para mostrar los libros y ahí yo creo que falta, no hay».

—¿Crees que los medios digitales, como revistas, podcasts, etc., pueden ser una vía para la difusión de la LIJ?, ¿Qué crees que falta para que esos espacios puedan incluir contenidos asociados al fomento de la lectura para infancias y adolescencias?

«Sería lo ideal. Yo creo que hay un poco de falta de voluntades. Hay gente formada, hay colecciones, catálogos completos, pero también hay falta de conocimiento. Pienso que las personas que están en esos medios digitales, de repente no saben lo que hay que hacer, pero sí creo que hay una necesidad porque las editoriales necesitan vender sus libros, las independientes más todavía. Hay que considerar que los libros infantiles son muy caros de producir, entonces, si a esas editoriales, el Estado no les compra al volumen en que les compraba el 2019 están realmente en una crisis, muchas de ellas van a desaparecer y eso es un problema. Que el mercado, en vez de ser diverso y amplio, sea estrecho, chico, comprimido, es un problema para todos.

Un paso muy importante es darle cabida a la LIJ, aún no sé cómo, porque cuesta que la gente pase de la publicación en instagram, al artículo en la web, pero, independiente de eso, nosotros apostamos por darle profundidad. La novedad pasa rápido, el autor pasa rápido y hay libros que deberían ser mirados, releídos y esa importancia uno se la tienen que dar a través de escribir un artículo, de comparar un libro con otro, eso tratamos de hacer con el boletín del Comité Troquel».

Claudio comenta que en la LIJ no hay crítica, señala que eso es algo que falta pero que se explica porque el circuito donde se desarrollan estas lecturas es muy pequeño.

«Yo creo que la crítica es un género muy interesante cuando además existe una población que valida a ese crítico. Como lector, uno sigue a ese crítico, uno lo que hace es creerle a ese mediador que te está diciendo que tal libro es malo, uno va desarrollando una relación con esa figura. Pienso que en la literatura infantil es mucho más difícil generar eso porque, además del amplio conocimiento de lecturas, se necesitan medios para poder hacerlo y en este momento no tenemos el espacio.

El primer paso es reseñar, mostrar y difundir, difundir, difundir libros que a uno le gusten y crear una comunidad honesta en torno a la lectura, porque si no se cae en esto de recibir libros que te mandan editoriales, prensa, etc. y se vuelve una transacción».


[*] Este texto es el resultado del taller de entrevistas “Preguntar para escribir”, dictado por la periodista Javiera Tapia. Las preguntas sobre medios y crítica fueron incluidas para esta publicación, cuya versión final fue editada por Revista Origami.

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