Pamela Alarcón Toloza
Los gritos de los niños son lo primero que escucho al despertar. Más bien, eso es lo que me despierta. Carlos me había dejado dormir hasta tarde. Quizás con un sueño un poco más largo y las pastillas se podría apaciguar la migraña que cargo desde anoche, de esas que me gustaría apagar con un escopetazo en mi sien izquierda, justo en el punto de nacimiento.
No sé de dónde sacan la energía para meterse a la piscina tan temprano. Los odio. Pero no tienen la culpa de ser así, ellos son niños y yo la adulta. Yo los parí y yo debo ser paciente. Además, yo tengo el problema: no debería estar así en vísperas de año nuevo. Pero mi cuerpo suele atacarse a sí mismo en fechas como estas. Carlos de alguna forma está acostumbrado a mis crisis. Se acerca tratando de pasar desapercibido en la oscuridad de nuestra habitación para traerme el desayuno. Me dice que la familia de mi hermana y mi madre vienen en camino. Se queda sentado mirándome como si eso fuese a reducir un mínimo el peso de mi cabeza. No sabe qué hacer, solo intenta ayudarme y por eso solo le agradezco. Le digo que en un rato más me levantaré para ayudar a preparar todo, pero de todas formas ya tenía algo adelantado desde el día anterior.
A los pocos minutos llega el alboroto. La Toti y mi madre, unas entusiastas de los festivos, llegan chillando con los gritos de mis sobrinos por detrás, listos para juntarse con los de mis hijos. ¿Cómo pueden ser tan insoportables? Yo era más parecida a mi papá, que también sufría de dolores de cabeza y murió de un día para otro de un derrame cerebral. Siempre he pensado que así moriré, incluso pienso que mi funeral podría ser mañana mismo. Mi buena suerte no sería tanta.
—Se va a quedar en cama hasta que se le pase un poco —explica Carlos a mi madre.
—Tan enfermiza que salió, siempre le pasan esas cosas en estas fechas —le responde en un tono de reproche.
Después viene a verme a la habitación como si nada. Le digo que me quedaré un rato acostada para estar mejor en la noche. Ella no entiende cómo se siente, es una mujer sana, con demasiada energía para mi gusto. Siempre he creído que intenta aparentar demasiado. La Toti hace lo mismo. Aunque quizás genuinamente son así, me molesta, en especial ahora. Escucho toda su conversación desde la cama. La Toti habla como si estuviese corriendo de algo, en ocasiones queda sin aliento, como si no tuviese tiempo para narrar todo lo que tiene en sus neuronas. ¿Cómo es que su cabeza no reacciona a esa verborrea?
Siento el olor de la lasaña escurrirse entre las cortinas y llegar a mis fosas nasales. Mandan a Nino, mi hijo menor, a buscarme. Aunque en la mañana fue a quien más odié, es mi debilidad. Es algo que detesto traer a la superficie de mis memorias, pero es algo que cargaré por siempre. ¿Cómo fue que no quería tener a ese niño de cabello negro tan inteligente, tan gritón, tan hiperactivo? La idea de ser madre en menos de un año después de tener un embarazo que hizo estragos en mi cuerpo y mi mente, no era algo que quería repetir. Era tan injusto que viera a mi hermana tan luminosa y con un abdomen redondo, liso, proporcional a su anatomía, y a mi enorme, con las piernas hinchadas, con una preeclampsia que me mantuvo hospitalizada por semanas para luego sentir que no era suficiente para Camilo.
Cuando creía que lo había logrado me enteré del nuevo embarazo. No lo quiero, lo odio, fue lo primero que pensé. Pasé una semana sin saber qué hacer, pensé en abortar, lo intenté de la forma más burda que se podía. Me dejé caer por la escalera. Solo gané un esguince y culpa. Después de eso le dije a Carlos, le hice creer que me había desmayado. Con un examen de rutina «supimos» en conjunto que seríamos padres nuevamente. Y ahora ese niño que soportó una caída me lleva de la mano a la mesa.
La luz es sal en mis ojos. Finjo alegría por mis sobrinos, por mi cuñado, por mi madre, mi esposo y mis hijos. Tengo miedo de decir algo estúpido por culpa de mi dolor imaginario y crear un trauma a esos niños. «¿Te acuerdas cuando la tía se volvió loca y se pusieron a pelear todos?». No lo podría tolerar.
—Traje unos fuegos artificiales, para que se sienta el año nuevo en este campo — dice mi cuñado.
—Son peligrosos, te dije que no los compraras —le dice mi hermana. Aunque no insiste, ella no será la tía loca, ese trabajo es mío—. ¡Pedro! ¿De dónde sacaste eso? Pásamelo.
Sus gritos recorren mi sien. Mi sobrino menor carga con alegría su hallazgo. No tengo idea de cómo lo encontró.
—¿Cómo tienen esto en la casa? ¡Con niños! Pudo dispararse, pudo pasar lo peor—, estaba roja de rabia.
—Es la escopeta de tu papá —le responde mi madre tratando de calmarla, pero siento su enojo hacia mí —la usaba para cazar conejos o pájaros y la dejaba acá. Tranquila, por suerte no pasó una desgracia.
—La mantenemos guardada, nunca la hemos tocado —dice Carlos, estira la mano, le pide el arma y desaparece.
—Perdóname, Toti —le digo.
No aguanto llegar a la sobremesa y me levanto para volver a acostarme. Nino me pide que vaya a bañarme con él en la piscina. Se va enojado cuando le digo que no puedo ir con él. Pero no pasan ni cinco minutos cuando los cuatro niños y sus padres están dentro de la piscina.
Mi cuñado se encarga de enseñar a nadar a mis sobrinos, sobre todo al menor. Lo hace cada vez que nos reunimos. Le dice “brazo, brazo, toma aire, brazo, brazo, aire, no dejes de patear”. Estoy segura de que el pequeño sabe moverse en el agua, pero el trauma lo persigue. Hace dos años era el mismo escenario, pero los niños eran más niños y los adultos menos padres. Quizás el intento de no ser un padre como su padre, el descuido propio del cerebro humano o vivir un evento evitable sin serlo hizo que mi sobrino flotara en la superficie celeste. Desde entonces si es posible que se pueda esquivar ese destino se hará, no importa cuán insoportable pueda ser mi cuñado.
En cambio los míos ahora se mueven por el agua como animales acuáticos junto a su padre, disfrutan el verano de piscina como cualquier niño que aprendió a nadar, así como andar en bicicleta. Entran y salen del agua, una y otra vez, sin intención de detenerse. El choque de sus cuerpos con el líquido son bombas que caen en cada lóbulo de mi cerebro.
¿Cuándo se apagará?
*
Carlos me sacude suavemente y susurra mi nombre. Ya es de noche, hay olor a asado y la música alegre da señales de la llegada del nuevo año. Me tengo que levantar, es hora. No puedo dejar que un simple dolor de cabeza me deje inútil y me mantenga en cama. Me incorporo y mi cuerpo no tiene fuerza. Lo intento, de verdad que sí, pero me explota, siento que podría perder la conciencia. Me apodera una irritabilidad irracional. Sé que no soy así, pero tengo ganas de gritar y odiar a todos. Termino llorando, porque es lo único que puedo hacer sin que me odien más.
— ¡Mamá! ¡Mamá! ¡Mamá! ¡Mamá! —repiten Camilo y Nino. Tan insoportables. ¿De dónde sacan esa energía? Ni su papá ni yo somos así. Por favor, que Carlos me los quite de encima.
— ¡Sácalos! —grito. Sus caras se transforman, sus ojos se llenan de lágrimas. Nino es quien llora. No quise gritar, o quizás sí, pero no debí.
Carlos los calma antes de salir de la habitación y me dejan sola. Se pone a hablar con el resto, pero no entiendo mucho. De seguro no me soportan, ni yo me soporto. Yo no los soporto. Mi cuñado intenta caer bien constantemente con sus anécdotas contadas de la manera más exagerada posible. En especial a mi madre, que lo ama, porque al final es el payaso de la Toti, que tiene una risa escandalosa y finge ser la mujer, esposa y madre más relajada, la que no se amarga y disfruta. Mi madre, que siempre odió cuidarme demasiado, que no cree en mis padecimientos invisibles, me culpa de ser la nube negra en cumpleaños y festejos. Mis sobrinos son tan insoportables y estúpidos como sus padres. Mis hijos tan sensibles, tan…
Y de repente silencio. La sangre recorre tranquilamente cada vaso sanguíneo de mi encéfalo, sin presión, sin pelear contra sí mismo. Respiro con calma, sin esfuerzo. Por fin. Soy… Es indescriptible la sensación. Es un peso menos, soy libre.
Me levanto rápidamente, me dirijo al baño y me mojo el rostro. El agua templada del verano me acoge dispuesta a despertarme de un mal sueño. Decido tomar una ducha, la mejor ducha que he tenido en mucho tiempo, me limpio para ser otra. Me pongo mi vestido azul cobalto que preparé para esta noche que combina perfecto con mi pelo negro.
Estoy cubriendo mis ojeras cuando escucho el sonido de los fuegos artificiales de mi cuñado. Voy corriendo al patio para reunirme con mi familia. Llego al borde de la piscina y me encuentro con el grito desgarrador de mi hermana sacando a mi sobrino del agua teñida de rojo. Frente a ellos está Carlos, escopeta en mano, con el rostro inmóvil y horrorizado. Mucho peor está Nino, escondido tras su padre, sin entender lo que había hecho.
Pamela Alarcón Toloza (Santiago, 1997). Médica de profesión, pero con real pasión en las letras en sus distintas formas. Ha publicado cuentos en revistas digitales y es una de las ganadoras del proyecto Confluencia de Metro 21 con su relato “El recorrido del agua”. De momento no hay mucho más que contar.


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