Grínor Rojo
En 1920, en su “Discurso a los anarquistas” y siguiendo a Romain Rolland, Antonio Gramsci pronunció una de sus frases más famosas, argumentando a favor de un “pesimismo de la razón y un optimismo de la voluntad”. Se estaba refiriendo Gramsci a la postura libertaria de los anarquistas, opuesta como se sabe a toda opresión y, en particular, a la opresión del Estado. Gramsci le reconoció a ese argumento una validez a priori, observando que el primer impulso de los oprimidos era ponerse en contra de aquello que los oprime y que, en tales circunstancias, era lógico que el anhelo de una libertad absoluta apareciese como la meta deseable. Deseable, pero ineficaz, añadió. En cambio, los socialistas levantaban, como una alternativa mejor, el “pesimismo de la razón” (“dell’intelligenza”, en el original italiano), esto es, la conciencia desapasionada, la que se da cuenta fríamente de la imposibilidad de concretar un ideal político absoluto, pero también de la posibilidad de concretar aquello que las condiciones históricas, objetivas y subjetivas, permiten. Separaba de esa manera Gramsci el deseo anárquico de un desorden perfecto, que le parecía fantasioso, de la factibilidad de un orden imperfecto, pero no fantasioso, de una disciplina que libera, aunque allanándose a restricciones que son necesarias porque son racionales, entre ellas, a la mantención del Estado, y siempre que a este se lo ponga en las manos del pueblo.
Este es el pesimismo gramsciano de la razón (de la “intelligenza”), que no se contradice, sino que es compatible con el optimismo de la voluntad. Ha renunciado el socialismo de Gramsci a la libertad abstracta e irrealizable, y la ha reemplazado por el ideal de una libertad concreta y realizable, cuya obtención puede alcanzarse si es que se cuenta con las fuerzas que son necesarias para ello, y cuyos efectos los oprimidos experimentan por primera vez cuando resueltamente se enfrentan con y derrotan a sus opresores. El optimismo de la voluntad consiste en esto, en la autoconfianza de los socialistas para vencer al adversario, porque saben exactamente cuál es su potencial y cuál el del otro. A esa certidumbre unen el estar seguros de la justicia de su causa, de que la suya es la causa de la democracia, entendida como el producto de la razón que anida en cada uno de nosotros y cuyo propósito es construir un futuro de libertad e igualdad apetecible para todos y todas.
Esto lo pensó Gramsci hace cien años, en un momento de crecimiento fascista en Europa, un momento en el cual, aun cuando el fascismo mussoliniano no dominaba por completo el escenario político de Italia, se hallaba a punto de hacerlo. Gramsci se percató de las verdaderas dimensiones de la amenaza que se estaba fraguando, de que a mediano o corto plazo el fascismo iba a asumir, tanto en su país como en el resto del mundo, la misión de rescatar a la política y la economía burguesas del marasmo en que estaban garantizándoles su continuidad.

Yo voy a apropiarme en lo que sigue de esta breve presentación del doble dictamen gramsciano acerca del pesimismo y el optimismo, aproximándolo a las actitudes que debiéramos adoptar en el combate que nos espera en este siglo XXI contra los nuevos fascistas, contra aquellos cuyos tentáculos se extienden hoy por varias de las geografías del orbe y, últimamente, también por la de nuestro flaco país. Somos muchos los que hoy nos preguntamos cómo enfrentar esta emergencia. Como en tantas otras cosas, yo creo que Gramsci dio con la fórmula correcta.
La reaparición contemporánea de las hordas fascistas no es un acontecimiento inmotivado, pongamos esto en el portal de nuestra meditación. Existe detrás suyo un deterioro sistémico que la provoca, con lo me refiero al profundo desgaste del capitalismo en el mundo, a las grandes dificultades que está teniendo y a los esfuerzos que hace para recuperarse. No quiero repetir los muchos datos que respaldan este diagnóstico y que he dado a conocer en otras oportunidades, por lo que me limitaré a destacar ahora solo dos. El primero lo componen las cifras de crecimiento económico que publica el Fondo Monetario Internacional y son las siguientes: para la Eurozona un 1,2 por ciento para 2025 y un 1,1 para 2026; para Estados Unidos, 2 por ciento para 2025 y 2,1 para 2026; para América Latina, 2,4 para 2025 y 2,3 para 2026; y para el África subsahariana, la petrolera, el 3,8 y el 4,1. Por el otro lado, la proyección del mismo Fondo para China es del 5 por ciento para 2025 y del 4,5 para 2026. Y agrego a ello un dato reciente: el surplus comercial de China para 2025 es de 1.19 trillones, por sobre los 993 billones de 2024, 20 por ciento más que en 2024, y según se dice como una consecuencia directa de los aranceles de Trump, los que no solo no perjudicaron a los chinos, sino que los favorecieron obligándolos a diversificar y expandir sus exportaciones hacia nuevos mercados.
Reitero que estas son cifras oficiales, la mayor parte de ellas de un organismo cuyas simpatías ideológicas son conocidas de sobra. No es necesario ser un chinófilo (y yo no lo soy) para convenir en que son cifras que no les gustan a quienes las calculan y que es precisamente por eso, porque no les gustan, pero tienen la obligación profesional de publicarlas, que ellas son creíbles*. Si añado ahora las cifras de desigualdad, las del World Inequality Report, la cosa se pone aún más fea. Según el informe del WIR de diciembre de 2025, el 10 por ciento de las personas más ricas del mundo poseía el 75 por ciento de la riqueza que se encuentra disponible, en tanto que el 50 por ciento de las personas más pobres poseía el 2 por ciento. Entre otras cosas, esto quiere decir que los multimillonarios, que no son más que sesenta mil personas en un planeta cuya población total se calcula a estas alturas en 8,225 millones, son dueños tres veces más que la mitad más pobre, es decir que esas sesenta mil personas acaparan el triple de lo que tienen los “otros” 4 mil ciento y tantos millones.
¿Una bomba de tiempo que podría explotar en cualquier momento? ¿O que está explotando ya, por lo pronto si nos fijamos en las migraciones masivas y las examinamos con lucidez, sin prejuicios, y concluimos que la huida de tantísima gente de los lugares de su nacimiento no es infundada, que huyen de unos lugares que a lo mejor ellos aman, pero que no pueden seguir habitando a causa del desastre mundial? Qué duda cabe. Hablo de un desbarajuste de proporciones estructurales y al que los agentes del sistema intentan resolver con una persecución ansiosa y a como dé lugar del crecimiento económico, espoleando el consumo de bienes innecesarios, recortando el gasto público, abriendo zonas protegidas a la explotación despiadada, privatizando, imponiendo aranceles a diestra y siniestra e incluso arrebatándole al vecino más débil sus haberes, como lo están haciendo Trump en el Caribe y pretende repetirlo en Groenlandia.
Hablo también de la inestabilidad política, de la reaparición de la estrategia de las esferas de influencia, que esta por detrás de las conquistas de territorio, con el consecuente reforzamiento y recrudecimiento de la geopolítica de las invasiones imperiales; y hablo, finalmente, de la inestabilidad social, en fenómenos como las migraciones y la criminalidad, los que no son, muy por el contrario de lo que suele pregonarse, cancelables mediante un incremento en el uso de la fuerza policial o parapolicial. Todo ello mientras el mundo experimenta una revolución tecnológica sin precedentes. Un desarrollo de las fuerzas productivas que hasta hace no tanto tiempo era un asunto reservado para los relatos de ciencia ficción, pero que ya está aquí y respecto del cual el orden económico, social y político imperante no sabe cómo conducirse.
Esta es la circunstancia que al capitalismo contemporáneo le cuesta procesar, y a la que este encara insistiendo en más de lo mismo, extremando los mecanismos consabidos, sin que le importe si estos causan sufrimiento en la mayoría de las personas, a impulsos de la falsa creencia de que los problemas que lo aquejan consisten únicamente en las malas decisiones que los políticos liberales han adoptado, en su haber sido demasiado “blandos”. Y que ellos los nuevos fascistas van a solucionarlos con la introducción de una “mano dura”, apoyada por las nuevas tecnologías, en este caso por sus aplicaciones técnicas, por la destreza de unas máquinas nuevas y la de unos managers frescos, unido eso a una represión sin paliativos contra el contradictor, es decir manteniendo el sistema, pero mejorando el manejo de sus recursos materiales y humanos y no sin reprimir debidamente a los que participan en y/o propician la discrepancia. Podemos decir entonces que en la circunstancia problemática en que se encuentra actualmente el capitalismo mundial, este no renuncia a ser el que es, sino que se refuerza por la vía de la fascistización.
Los dueños del dinero financian a los demagogos fascistas (Elon Musk financia a los de la AfD alemana, por dar nada más que un ejemplo), y estos les retribuyen la confianza encargándose de que los negocios sigan funcionando con la mayor fluidez. En Estados Unidos, donde hay en estos momentos ente un 11 y un 13 por ciento de pobres y un 5,3 de miserables, los dueños del dinero experimentan, según una de las expresiones favoritas del presidente Trump, una “edad de oro”. Recordemos ahora que en las coyunturas tranquilas esos mismos dueños del dinero habían hecho gala de su espíritu democrático financiado las campañas electorales de los políticos de la derecha liberal. Pero, cuando la coyuntura se complicó, cuando el peligro de una profundización de la democracia asomó en el horizonte, a las convicciones democráticas de esa derecha “liberal” se las llevó el viento y sus representantes se movieron en dirección al fascista de turno. La derecha liberal, la de Piñera o de Macri, abandonó su máscara idealista y se unió al bando que le pareció que era el más musculoso, demostrando así tanto la fragilidad de sus principios como su buena disposición para transarlos.
En el nuevo arreglo, sabido es que los dueños de la riqueza les encomiendan a los matones del fascismo la ejecución del trabajo sucio. Resucitando la excusa de la “guerra interna” (de moda en América Latina en los años setenta y ochenta, recuérdese. Pinochet la usó, sin ir mas lejos), en Estados Unidos Trump recurre a los del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE), que ocupan ciudades y llevan ya varios muertos a su haber. Reprimen los facses del ICE a los inmigrantes, pero también a los hambrientos que protestan, a los que están descontentos con los recortes del gasto público, en educación, en salud en pensiones, en cultura, y en los países subordinados también a aquellos que reclaman contra el despotismo o contra la entrega de los bienes nacionales a la voracidad capitalista. Y, no pocas veces, por la entrega de la soberanía de la patria, cuando las autoridades le otorgan al imperio enclaves geográficos que son relevantes para su desempeño en el tironeo geopolítico. Sin que ello excluya la autorización para la presencia permanente de las tropas del imperio en los territorios nacionales, como ocurre en efecto en las Américas, en Panamá, en Honduras, en El Salvador, en Puerto Rico, en Aruba y en Curaçao, para no hablar de los entre 10 y 15 mil marines movilizados en El Caribe, frente a las costas de Venezuela, y que ya están rindiendo lo que se espera de ellos.

¿Qué hacer entonces? Creo que retomar el discurso de Gramsci, sobre el pesimismo de la razón y el optimismo de la voluntad, pudiera ser una medida aconsejable. Esto significa, en primer lugar, reagruparnos con un ánimo de solidaridad verdadera, que evite los maximalismos y que ponga las diferencias en el congelador mientras nos ponemos de acuerdo en un consenso democrático básico calculando las fuerzas de que disponemos y planificando un empleo inteligente de las mismas.
Frente a un adversario poderoso, una estrategia hábil, que se proponga combinar en nuestros corazones la frialdad apasionada con el optimismo sensato. La fragmentación de las fuerzas progresistas no es admisible en las actuales circunstancias, el sectarismo y las rencillas son inconducentes y a menudo catastróficas. Si algo aprendimos del mal desempeño del sector republicano durante la Guerra Civil española, fue eso, que una de las causas del triunfo de Franco fue la lucha intestina entre las varias facciones democráticas que se mezclaban en el combate. Me refiero a la lucha por el liderazgo de la coalisión, entre comunistas, anarquistas y trotskistas y a la de todos ellos contra los socialdemócratas y los republicanos liberales. Era una receta perfecta para un desastre perfecto.
Por el contrario y quizás un poco tarde, con la emergencia de los frentes populares, a partir de la formacion del primer frente francés, en diciembre de 1935, se abrió una ventana esperanzadora. Había surgido un tipo de organización popular y democrática, en la cual podían coexistir individuos de diferentes persuasiones, para combatir todos juntos contra el imperio de la irracionalidad. Las emulaciones proliferaron, por supuesto (también en Chile, desde 1938). No fueron estos frentes populares los que ganaron la guerra contra el fascismo, sin embargo, yo estoy de acuerdo, pero nadie puede negar que sus contribuciones fueron un activo importante para esa victoria.
En segundo lugar, y sobre todo cuando el globo terráqueo se nos ha ido achicando, la cooperación planetaria entre los oprimidos de todas las naciones es un componente indispensable en una estrategia antifascista. Si no no nos unimos, perdemos. Los fascistas, por su parte, están asociados férreamente. Es Trump en Estados Unidos, son Orban y Meloni en Europa, es Milei y es Bukele en Latinoamérica, todos ellos reuniéndose en sus madrigueras de Madrid, Washington D.C. o Buenos Aires, y cantando a una sola voz. La reciente publicación del National Security Strategy del gobierno de Estados Unidos es un dato principal, ya que esa publicación contiene el manifiesto programático de la asociación. Para Estados Unidos, según se lee en dicho documento, sus aliados europeos naturales son aquellos que en ese continente militan en los partidos “patrióticos”, los que, si nosotros los identificamos aquí con sus nombres propios, son los militantes del Vox español, de la AfD alemana, de los Hermanos de Italia de Meloni, de la Agrupación Nacional de madame Le Pen en Francia, del Fidez de Viktor Orban en Hungría, etc., muy amigos ellos también, que esto no se nos olvide, del futuro presidente de Chile. Prescindiendo de diferencias menores (el fascismo desenfrenado y megalómano de Trump y el “moderado” de Meloni, por ejemplo), el objetivo supremo es sacar al sistema económico del atolladero, rearticulando el orden internacional de manera de salvar al núcleo básico de su posible extición.
Para oponerse a esta embestida las fuerzas democráticas requieren de una interacción generosa y estrecha, a la que no asusten principios intocables. El nacionalismo, que se justifica en determinadas ocasiones (por ejemplo, en la política exterior de México, “tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos…”), no debe exagerarse, porque estaremos más expuestos mientras más aislados estemos. Demos entonces cabida a modalidades innovadoras de interacción supranacional. La National Strategy del gobierno de Trump ha hecho explícito su repudio de los bloques de países y su prefrerencia por los constructos nacionales, por las interacciones de uno a uno, y lo ha hecho no solo por su nacionalismo intrínseco, sino porque de ese modo al imperio le resulta más fácil manipular y sabotear. José Martí, que lo sabía, nos advirtió tempranamente que el intercambio entre dos corderos quizás pudiera ser conveniente, pero que no podía decirse lo mismo acerca del intercambio entre un cordero y un lobo. El más exitoso de los políticos sudamericanos progresistas, el presidente brasileño Lula da Silva, que también lo sabe, se ha dedicado por eso a la promoción de los acuerdos supranacionales, en el bien entendido de que la cooperación entre los países medios y pequeños es imprescindible si es que estos se van a enfrentar con los lobos. De ahí que sea una figura activa y constante en escenarios diversos, pero siempre cordiales. Lula sabe que su país, que los progresistas de su país, solo puede/n ganar esta guerra si es que han amarrado alianzas fecundas con aquellos que son de su misma condición.
Finalmente, necesitamos a mi juicio una estrategia que, además de tener clara su primera prioridad, que es el recobro y perfeccionamiento de la democracia, se preocupe por los métodos. Cuentan que el viejo caudillo ecuatoriano don José María Velasco Ibarra declaró en una oportunidad que si a él le daban un balcón, era seguro que lo elegían presidente. Hoy esa jactancia de don Jose María no tiene sentido. La tribuna más útil dejó de ser el balcón, son la tele y las plataformas de internet. Cierto, hay que recuperar la confianza del pueblo, yo no puedo estar más de acuerdo con eso. El candidato progresista debe salir a la calle, debe mostrar la cara, y debe decirles a los electores de viva voz por qué es bueno que ellos voten otra vez por él (o por ella). Eso es necesario sin duda, pero no es suficiente.
La mediación tecnológica, que en los tiempos de Velasco Ibarra eran el micrófono y las ondas radiales, hoy se ha amplificado telemática y cibernéticamente. Se trata de inundar el campo perceptivo del receptor con bombazos periodísticos espectaculares, con disparates vistosos, con mentiras sensacionalistas si eso se considera útil. “Flood the zone”, es lo que acerca del tema recomienda Steve Bannon, uno de los referentes de Trump.
La televisión y los medios digitales son pues de una gravitación determinante para lo que, sirviéndome yo de una sugerencia de Lippmann y Chomsky, recuperé en otro de mis escritos como la “fábrica del consentimiento”. No son esos aún unos dispositivos autónomos, que se autoperfeccionan y autoreproducen, aunque podrían llegar a serlo. Por ahora son solo herramientas. Pero herramientas de cuya asistencia no nos es dado prescindir. Reconozcamos que los adversarios las manejan mejor que nosotros y que nosotros tenemos que aprender a manejarlas mejor que ellos, y desde luego que haciéndolo con la honestidad y la decencia de las que los fascistas carecen. Quienes las ignoren o las minimicen será porque habrán dado la guerra por perdida, renuciando a la sabiduría gramsciana del pesimismo de la razón, la que demanda lucidez, pero sin haber perdido por eso el optimismo de la voluntad, en el que alumbra la esperanza.
* Agrego que China es el segundo acreedor mayor de la deuda pública de Estados Unidos, 9,6 por ciento de 35.837.858 millones de dólares, que es la potencia comercial más grande del mundo y que su superávit para 2025 ronda el billón de dólares (un trillón USD), que posee también la flota de guerra más grande del mundo, que es dueña de materias primas que son esenciales para el desarrollo de las nuevas tecnologías y que los granjeros de Illinois, Iowa, Wisconsin y Minnesota dependen de sus compras de soya.
Esta intervención crítica fue leída por Grínor Rojo en el marco del lanzamiento del libro Por una tradición crítica latinoamericana. Diálogos en torno a Grínor Rojo, realizado en la Universidad de Chile. A partir de una relectura de Antonio Gramsci, el texto reflexiona sobre la relación entre pesimismo de la razón y optimismo de la voluntad, y propone claves para pensar el avance contemporáneo de nuevas formas de fascismo en el contexto global y latinoamericano.


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