Nina Dell’Oca
Cátulo

Resignado y sin apuro. Sin un mango, desolado y cabrón. Sabor a Odol en el paladar, pelo mojado y gel, sin desodorante y acalorado. Cátulo clava media sonrisa áspera y empieza a patear una vereda eterna. Tiene puesta una camisa a cuadros azul y roja, manga corta y con bolsillo, en dónde lleva: una birome negra sin tinta, una servilleta de la pizzería El Cuartito, un bloc cuadriculado con tres hojas amarillentas y tapa dura con paisaje del caribe, una caja de cigarrillos Jockey Club y migas de medialuna. Nunca mira su reflejo en las vidrieras, ni en los espejos retrovisores de los taxis ni tampoco al pasar por alguna ventana de esos edificios tan conchetos y espejados. La única manera de que el mismo se entere de sus años es cuando, por error, descubre sus manos en un movimiento veloz de ojos, entonces, hace un contacto visual fugaz y quejoso con sus dedos escurridizos y esqueléticos recubiertos por una piel fina y arrugada, una piel papel barrilete pecoso. El día está bochornoso, suenan bocinazos como si fueran gallinas y la gente se apiña en las veredas, se chocan y no piden permiso. Los acojona eso de mirar a los ojos, eso no se usa más. Lo envuelven en un ritmo demencial y él los sigue, no le duelen las rodillas, se ve que no hay humedad. Se forman pasillos de viento entre el concreto, ve a lo lejos a un tipo en el medio de la avenida arrastrando un carro hecho con un changuito de supermercado y unos palos de escoba. Lleno de cartones y bolsas estaba el carro. Una bolsa grande vuela hasta Cátulo y le tapa la cara. Sigue avanzando sin ver, remolino incansable, hasta que la vista se le despeja, hoy se siente con suerte, está seguro de que va a ganar la lotería. Camina sin pisar las juntas de las baldosas, sus pies flacos se mezclan con el suelo gris, por momentos cree estar hundido en el cemento como sí este estuviera fresco o como sí él estuviera hecho polvo. No logra entender si sus pasos van o vienen, todo es muy rápido. Aparece un ciclista, atlético hasta el hartazgo, encorsetado en una especie de neoprene flúor, bicicleta en mano, bronceado, con anteojos de sol negros y reloj pituco, moderno… con pantallita. Piernas de acero, en la otra mano atisba un cigarrillo de mentira, como los llama él: esos eléctricos. Cada vez más nabos, piensa. El hombre se sube a la bici y Cátulo cree flotar a la par de este. Siente olor a pizza y escucha ruidito a platos y copas, ve motos con cajas rojas atrás, más veloces que otras veces y escucha a una mujer cantar un tango indescifrable a través de un micrófono saturadísimo, empeñada en no separar de su boca ni un centímetro. Cátulo frena y se cae al piso, quedó cubierto por una grande de muzza y un vaso de birra. Tropezó con un mozo en la vereda. No se acuerda en que cuadra queda la lotería. “Desencuentro” es el tango que canta ella. Nadie parece percibir la existencia de esa mujer, está cantando muy mal, solamente él paró para verla. Le quedó una aceituna escabullida en el pelo, la aceituna cayó al piso y él se agachó con dificultad a buscarla. Desde ese ángulo, arrastrado, desde abajo, abrió los ojos y vio el obelisco. Altísimo el mamotreto, impoluto. Unos pies vertiginosos le pisan la mano y siguen de largo, Cátulo putea y le cae una lágrima fría por el pómulo derecho. Él dice que hay lágrimas por dolor, por tristeza, por alegría o por reflejo, asegura que esa fue por reflejo. Emana olor a bodegón curtido, pero a esta hora ya se siente más como restó petfriendly. No tiene fuerzas, pero se para y camina, ve a un grupo de turistas orientales sacarse una foto con el obelisco de fondo. Pasa por detrás sin pedir disculpas por salir en la foto. No se acuerda dónde queda la lotería, pero si sabe que números jugar, tiene una corazonada, está seguro de que antes de que termine el día va a ganar. Abatido sobre un banco de material duro con forma de sillón cómodo, se acuesta y la noche se acomoda cerca de él, las luces empiezan a brotar, fuertes, vivas y variadas a lo largo de todas las calles. La luz del cartel de la lotería titila justo encima de Cátulo, lo alumbra y acuna, pero él está muy cansado como para darse cuenta. Cierra los ojos.
Sueña con la frase: Ni el tiro del final te va a salir.
Ir a verlos



El frío que siente mi mano cuando la meto en el fondo de un frasco de vidrio, para buscar una galletita de agua. El olor a cera fresca en la cerámica terracota. La brisa que corre la cortina con puntilla y el olor a oleo fragans rebotando en el cuarto de mi abuela. La luz, eso es lo que más me importa a la hora de guardar un recuerdo. ¿Qué luz hay en la casa de mis abuelos? Una muy cálida que me abriga en invierno y que me deja tener siete años otra vez, en verano. La luz del televisor transmitiendo un programa de cocina española, un murmullo que me sirve de cuna. El reflejo del velador de vitraux sobre el té, que mi abuela Michi dejó en la mesita de luz. Ese té siempre es para mí. En la mesita están sus anteojos, una crema antiage, un anotador, un pañuelo de tela, un libro, el celular, tal vez.
Las manos de mi abuelo Tata haciendo café. Tata apoyando el café en la mesa, este mismo moviéndose como un lago circular hasta al fin quedarse quieto. El olor a cigarrillo. El cigarrillo, entre sus dedos, desprendiéndose de sí mismo hasta ser ceniza y caer al piso. En la mesa también está la bandeja llena de cosas de él: una victorinox, un encendedor, algún lápiz negro, un Marlboro box, algún papel con un dibujo, un destornillador, quizá.
La luz de la mañana en esa casa es más linda. Las macetas de barro del patio en la entrada siempre tienen plantas verdes y vivas. El jardín del fondo está lleno de flores abiertas. El ruido de la bomba de agua corta cuando Michi aprieta una tecla, y entonces el silencio parece una novedad. Toda esta casa recorrida por más de veintidós años por mí, es siempre una novedad.
La luz blanca sobre la mesada de la cocina es muy fría y lejana pero en este caso se colma de calor y comida casera.
Sus miradas están llenas de destellos. Sus manos quebradas de hacer.
Nunca dejan de hipnotizarme los secretos y los miedos que en algún momento pudieron tener, nunca deja de ilusionarme ir a verlos otra vez y otra vez
Perla


Detesto las reuniones pueblerinas, las paredes despintadas y los asados a las cuatro de la tarde.
Siempre el olor a humo de algún animalito quemado se me queda impregnado en el pelo. Una desgracia.
Muy rico el flan mixto, pero servime poquito corazón porque si no se me ensanchan las caderas, nena.
Las veces que lo tuve que patear a Eduardo, mi marido, por abajo de la mesa en esas reuniones. Qué bárbaro ese hombre, que habilidad tenía para desubicarse.
Uno no puede decir siempre la verdad. Uno no puede hablar de lo espantosa que está Nancy, la vecina, de lo negrito que le salió el hijo siendo ella tan rubiona. Uno no puede decir que la cena anual de la Federación Médica fue un bodrio, uno no puede contar nuestra última discusión. Si, esa discusión a las tres de la mañana en donde mis gritos te cortaban la cara, mientras vos tirabas por las escaleras el jarrón oriental que compramos en aquella tienda de antigüedades y yo me quemaba entera la palma de la mano con tu puto cigarrillo agarrando el cenicero de bronce para revoleártelo justo a la altura de la cabeza, rozándote la frente, al grito de “¡Barata la ligaste gato de cuarta! ¡La próxima mejoro la puntería, ¿qué tiene ella que yo no tenga?! ¡Andate a frullar la cioccolata!”.
Yo también tengo un amante.
Todos mentimos, para algo existen los curas y las parroquias. Yo me confieso de rodillas ante Cristo todos los domingos. Casi todos los domingos. Algunos domingos. El domingo de ramos voy, con la ramita de ¿laurel? Por supuesto.
Me miraba con una cara de pantofla inmundo cuando lo pateaba suavecito por debajo del mantel, en esos momentos les juro que…
Incluso él me preguntaba: ¿qué te pasa sonsa? ¿Por qué me pateas? ¡Cínico!
Sentime lo que te digo: yo no levanto nunca la voz, qué grosería. Detesto la violencia, nunca la toleré.
El fin de fiesta en mi casa es un placer siempre. La gente queda chocha después de haber comido exquisiteces y cuando se van todos tengo dos amigas amorosas que lavan los platos y esas cosas.
Son un amor, también me cuidan la casa cuando yo no estoy, me limpian y hasta me cocinan.
Después tengo otra amiga, tan coqueta ella, que tiene un Mercedes Benz y es dueña de una bodega. Siempre me pasa a buscar y nos vamos a pasear en su auto, mientras mis otras amigas hacen las tareas en casa.
“Vuelvo tarde, hay pollo que compré en la rotisería en la heladera”. Le digo a mi marido. Él me dice: “yo también vuelvo tarde, me voy a jugar al tenis”.
Soy muy amiguera yo. Muy amiguera.
No podría comprender la vida sin amistad. Siempre fui amiga de los varones en la escuela. Más bien los aconsejaba para que sean mansitos, prolijos y educados con sus noviecitas y ellos aprendían conmigo como eran las cosas. Es difícil ser un hombre de bien. Una tiene que colaborar, dar una mano, ¿vistes?
Eduardo era doctor. A mí siempre me atrapó la inteligencia de él, que fuera tan culto, tan viajado, tan bronceado, tan ojos celestes, reconocido y premiado por sus colegas. Me encantaba acompañarlo a las cenas de fin de año. Hasta me compré un libro que se llama: La mujer del médico, lo llevaba siempre cuando hacían esas reuniones. Es monono.
En ese momento yo ya salía con Humberto y Eduardo lo sabía. Es tan difícil la mono-gania. Ser gánico a la hora de ser fiel, cuesta. Cuesta mucho.
Pero bueno, le quedaba pintado el ambo, muy, muy…Ni hablar de cuando venía un poco manchado con sangre. Esas manchas en medio de semejante blanco óptico, me hacían acordar a Raúl, el carnicero de la esquina de casa. Ese aire tan viril, tan salvaje, tan rosbif, tan pasional, tan… tan… Ay, pero no, mi marido era doctor… no carnicero, doctor…
Sí, a las chirusas también les gustaba como le quedaba el ambo. Jean nevado y carterita de plástico las chirusas.
Eran las cuatro de la tarde de un martes de enero, el sol picaba casi tanto como los mosquitos, un día denso como mi suegra. Le dije a mi hermana que se subiera al auto y que me acompañara, que iba a comprar unas masas a la confitería Celsi. Yo tenía puesto un pañuelo de seda en la cabeza y unos lentes oscuros. Llegamos al estacionamiento del lugar. Fachada revestida en cerámica colorada, cartel de bronce con inscripción: albergue transitorio, marquesina dorada con letras azules que dice “Hotel Venus, donde sus pasiones se hacen realidad”. Caminamos agarradas del brazo hasta escondernos atrás de un ficus, ella no entendía, le explique rapidito. Adentro del bolsillo derecho de mi vestido había llevado una tijera. Qué barbaros esos vestidos tan a la moda y prácticos. Desde ese ficus se veía todo, por ejemplo, el auto de Eduardo estacionado a 45 grados en la cochera techada. La víbora sabía que iba a tardar y no quería que el sol le arruinara la pintura. Le digo a mi hermana: “Nena, vos quédate quietita acá, es un segundo nada más”. Miro otra vez el estacionamiento que a esa hora parecía el desierto de Sajara, y los veo a ellos dos. Él: short blanco impecable, tobilleras y muñequeras Adidas, chomba blanca, cocodrilo verde, raqueta en una mano y la otra mano puesta muy por debajo de la cintura de ella. Ella: jean ajustado tiro bajo, zapatillas y musculosa negra, pelo largo, larguísimo y suelto. Colorada. Se reía y le acariciaba el bracito a Eduardo.
Salgo disparada sin pensarlo, camino corriendo, saco mi tijera. Digo una sola frase fuerte y contundente: “Yo soy su mujer, querida”. Me abalanzo y la sostengo mientras le corto todas las mechas, una por una. La raqueta de Eduardo cae al piso y su cara bronceada se vuelve papel, la chiquita se aleja llorando. Me doy vuelta, lo miró y él me mira, silencio estampa hasta que le digo: “¿Qué me miras con esa cara? no maté a nadie, le hice un favor a la nenita, tenía bastante resecas las puntas”. Él prende un Parliament y sonríe a medias, yo le miro las manos llenas de anillos. Me acerco, le saco el cigarrillo de la boca y lo pruebo, una vez más lo pruebo.
Nina Dell‘Oca (Buenos Aires, 2000). La posibilidad de estar en contacto con el arte desde muy chica, gracias a su madre, le hizo desarrollar su poder de observación: observar lo cotidiano y encontrar ficción en eso. A los 18 años supo que quería ser actriz. Luego de formarse en diversos espacios (Timbre 4, Andamio 90, UNA), con maestros como: Claudio Tolcachir, Lautaro Perotti, Tamara Kiper, entre otros) continuó indagando en otras disciplinas como la escritura, la pintura y la fotografía, al considerar que a la hora de crear todo se conecta. Hizo el taller de Biodrama con Vivi Tellas y varios seminarios de dramaturgia con Mauricio Kartun. En estos espacios encontró herramientas para trabajar con lo cercano, comprendiendo que su familia era un punto clave, una inspiración constante. Crear con lo que conoce y a partir de eso generar algo nuevo. Entender que en la verdad siempre hay relato, hay invento y que ese relato le permite fantasear: hacer teatro. Actualmente se encuentra en cartel su primera obra: Croquembuch en Buenos Aires.


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