Ahogarse en la orilla
Alcides Castro
Sobre El Conde de Pablo Larraín
El Conde, dirigida por el cineasta chileno Pablo Larraín, comienza mostrando el origen de Augusto Pinochet. En esta ucronía monstruosa, la historia no es solo la de un militar chileno que llega a ser un sangriento dictador, sino que Pinochet es en realidad un vampiro francés llamado Claude Pinoche. Si bien en un comienzo la película muestra los orígenes de este vampiro en los tiempos de la Revolución Francesa, luego asistimos a la historia de un Pinochet decrépito, donde el tono cómico se pierde y la película pasa de un inicio prometedor a una promesa incumplida.
Firmada en un impecable blanco y negro, a partir de este prólogo la película deja en claro uno de sus principales méritos: la fotografía a cargo de Edward Lachman, reconocido director de fotografía del mundo de Hollywood que ha trabajado con, por ejemplo, Todd Haynes en Carol (2012), lo que lo llevó a estar nominado al Oscar. En este tramo de El Conde ya nos queda claro también que la cinta transitará entre distintos tonos: por momentos una comedia negra, por otros una película cercana al cine de monstruos. Todo con una estética que se hace imposible no emparentar con el cine expresionista alemán.
Una vez terminada esta especie de introducción, la cinta nos muestra a un Pinochet ya en Chile después de que fingiera su muerte para no ser llevado ante la justicia. Después de una primera media hora destacable, la cinta comienza a mostrar algunos de los defectos que la hacen naufragar. Más allá de algunos momentos realmente hilarantes, como la escena en que Pinochet “coquetea” con Lucía Hiriart por ejemplo, la película decae. El guion, escrito en conjunto por el propio Larraín y su habitual colaborador Guillermo Calderón, se empantana en su mezcla de géneros. El filme resiente la no decisión de si ser una comedia negra, una película de monstruos o un acercamiento más dramático. Si bien la amalgama de géneros y tonos buscado por Larraín funciona en algunos momentos, en varios pasajes este deja a los espectadores incapaces de saber si lo que estamos viendo en pantalla es intencionalmente ridículo con fines cómicos o es la mala realización de algo que pretendía ser serio. De esta forma, el guion falla por lo mismo que lo hace ser meritorio. Larraín y Calderón se esfuerzan a tal punto por que su película sea rupturista (ya desde la premisa de la cinta esto es notorio) que con frecuencia caen en un exceso que llega al absurdo, por ejemplo, en las escenas de vuelo vampírico, sobre todo las del personaje de Paula Luchsinger.

Ahora bien, es innegable que la película es una apuesta arriesgada por parte del cineasta de No y Tony Manero al tratar la figura de Pinochet bajo una clave monstruosa-cómica, alejándolo de cualquier película que se haya hecho sobre el dictador. He aquí el principal mérito de la cinta. Pero más allá de eso, es inevitable hacerse la pregunta de si esta no echa de menos ir un paso más adelante. Pareciera que Larraín ocupa la premisa arriesgada de un Pinochet vampiro sin sacarle todo el potencial que esta encerraba. La película transita desde un gran comienzo hacia una segunda mitad bastante menos inspirada, donde la subtrama de la monja que viene a intentar exorcizar a Pinochet (o a lo que sea que haya ido realmente) gana un protagonismo que no hace más que cortar el ritmo del filme y agregarle varios minutos de metraje que no le hacen ningún favor. Punto aparte para todo el conflicto sexual-religioso entre esta figura y la de Pinochet, que se siente forzado y ridículo, sin que esté del todo seguro de si presentarlo de esa forma haya sido la intención o no.
En general las actuaciones están muy bien, destacando el Pinochet de Jaime Vadell que, como era de esperarse, carga consigo gran parte del peso de la cinta, aportando los momentos más chistosos de la película y que son cuando esta mejor funciona. Destaco también la decisión del actor de no buscar imitar a Pinochet, sino de tomar ciertas características para construir un personaje que resulte cómico y sangriento, un Nosferatu viejo chicha chileno. Otras actuaciones destacadas son la de Amparo Noguera como una de las hijas de Pinochet que va a reclamar su parte de la herencia y Alfredo Castro quien hace de un Miguel Krasnoff mayordomo de Pinochet, aunque su personaje termine develándose como más que eso.
Más allá de las ideas que tengamos acerca del cine de Pablo Larraín, esta película se irgue como una apuesta arriesgada del director, lo que es alabable. Sin embargo, llega a hacerse evidente que la cinta no cumple con lo que promete, Larraín extravía el rumbo y el ritmo de la película, quedando ésta en una buena idea, pero con una ejecución que deja bastante que desear. Podría achacársele este problema al mundo del que proviene el director chileno, resulta imposible no ponerme a imaginar cómo sería esta premisa en manos de un director que no tuviera lazos tan estrechos con la derecha chilena golpista (¿hay otra?) por más que la mente detrás de El Conde tenga el mérito de llevar adelante esta, diría yo, necesaria desacralización de la figura de Pinochet. Quizás lo mejor de la película termine siendo que esta abre la puerta para la realización de otros proyectos similares en el cine chileno.


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