Una noche con Mariana Enríquez
Sergio Salamanca
Tendrás que tenerme paciencia cuando digo que no sabíamos por dónde andábamos y si digo que cuando me di cuenta en qué nos habíamos metido ya estábamos metidos y nos dábamos aliento y nos tocábamos los dientes como suponiendo un cariño o una ofrenda que llegase de pronto a las bambalinas de no sé qué nervio y que luego pasaba a una emboscada porque sonaba una canción así como el mismo espejo colgado satirizaba un rostro del que todavía podíamos recibir una sonrisa y cantar si el rostro cantaba y llorar si el rostro reía y no era de insensibles aparatosos tal vez y en qué catafalco nos metimos me decías porque el suelo y el terciopelo negro y esas puntas o lanzas africanas amarillas que adornaban toda la casa por dentro y para cuando creíamos coordinar una idea o algo o alguien quizás nosotros mismos caíamos de nuevo en una paciencia de espantapájaros a la diestra de sentidos que si no fuera por el miedo en que se convertían estos mismos sentidos todavía estaríamos ahí jugando a la familia Manson con personitas que entraban cada cierto tiempo y tocando los dientes del otro para luego frotar la botella porque la botella decía frota la botella y en un arranque de cables ultra sueltos pescaste la botella que yo seguía frotando y la lanzaste a la pared y habrá sido almizcle o no sé pero ese chute aromático que salió de la botella me devolvió la noción de hambre y aunque fatigosos teníamos que salir de ahí y en tus ojos llorosos no vi a Sharon Tate ni a Candy Darling como luego escribiste en tu crónica pero nos tomamos las manos y del redoble de espejos nos acuciaban destellos que para cuando salimos un señor cualquiera sin preguntarle nos dijo que eran las cuatro y a pleno sol nos quedamos un rato en la vereda acurrucados como si el sol nos desorbitara en una ducha ascendente y no fue hasta que le di una calada al cigarro que pediste cuando me di cuenta de que había tenido una noche con Mariana Enríquez.
¿Me di cuenta en qué me había metido?
¿Fue una cita? ¿Una reunión de trabajo? Fue mi noche satori con un amigo le decías a tu editor por teléfono, y ni siquiera lo que hablamos de John Cale o lo que hablamos de Federico Moura, si después se editó lo que a mí me importó de esa noche o sea «Noche satori» le pusiste a la crónica que a los días salió en el diario El planeta. «Viene Raúl, y Juanita… Juanita no soporta, no la contradigas en nada que rápido se lo toma en serio y cuando se pone seria, se pone agresiva o peor, se enamora de vos».
Una botella de gin, y ruidosa como avión, la botella iba aterrizando en las copas pero como Juanita piloteaba la botella, primero hizo escala en sus labios, luego en la copa de Mariana y Raúl, Raúl abrió la boca toda la noche para dejarse querer hablando y hablando. «El ácido… si lo tomás después de una operación… puede ser realmente saludable…», decía Juanita y mostraba sus no-tetas porque se las había extirpado en no sé qué pueblo de Perú y como había agarrado una infección, el Dr. le daba ácido mientras Juanita seguía sus curaciones hasta que los amigos tuvieron que viajar a buscarla. –Fue duro–, y Mariana se reía de mí o se reía de sus amigos y callada fumaba en la ventana mirándonos como si mirase un cajón misterioso con alguna galletita china de la suerte que de a poco se va trozando hasta soltar la frase: «En/ Dios con/fiamos/ todos los de/más/ deben pagar/ en e/fec/tivo». ¿Eso en qué película lo dicen? ¡Rashomon! ¡Hijo! Le responde Mariana muy en serio… Pero como no ves películas japonesas por ese fome prejuicio tuyo de que los planos son tratados como un personaje más. Solo dije que eran lentas. Pero no has visto ¡Rashomon! Y por amor a la mala crianza no lo haré.
Raúl me queda sonríendo con los cachetes rojos de gin, mofletudamente orgulloso por la confianza que tiene con Mariana, recordé ese artículo que leí hace meses antes de viajar a Buenos Aires, que contaba que cientos de fanáticos se juntaron bajo la ventana de tu departamento porque según el artículo una noche tipeaste en Twitter que tu gato “Mono” había muerto. Y sí, fueron dos noches seguidas, y no supe cómo callarlos, maullaron durante dos noches y el conserje me estaba alertando de una segunda multa, y entonces tuve que venirme a vivir aquí por un tiempo. Y enseguida Juanita empezó a maullar y pilotear de nuevo la botella de gin, pero esta vez haciendo escala en sus pezones, que eran dos lunares pintados con delineador bajando así el gin por su abdomen como dos puntitos llorando, cuando dejé de mirar los pezones que lloraban, Mariana me tendía su mano y la seguí a su habitación y tenía espadas. Tenía una serpiente. Tenía muchas cosas pero me pidió que no contara de espejos y que daba igual ya que su «crónica satori»; me pidió que no contara, y si escribes algo… no lo haré, le dije muy cerca: ¿y qué vas a poner en esta parte?
Aquí vendrá un poema que no he sido capaz de escribir porque hemos estado once horas frotando la botella y cuando arribé emocionado hasta las lágrimas a Buenos Aires y unas cartas cuatro cartas y una dirección que no era tu dirección sino la dirección de Natascha mi amiga y emocionado me dije ¡pobre al fin! No tengo dónde caerme muerto y si cayera acá nadie sabría de mí casi como sacándome una mufa que traía de capa arrastrando hace mucho tiempo y aunque hace unos minutos había llegado al terminal de nuevo me pregunté por Natascha al mirarme en el espejo y digo de nuevo porque había soñado con ella en el bus y finalmente me dejé de afeitar y a unas cuadras me di cuenta de que seguía hediondo y en una plaza me limpié las axilas con el agua del pasto y una brisa me hizo creer que las cosas estaban cambiando y si así de bueno era o loco llegaría igual a su casa y así llegué y que el padre de Natascha viera Bugs Bunny mientras estiraba la mano me hizo gracia me dieron ganas de pasarle una dinamita pero nos fuimos atravesamos el barrio en mi gran Cadillac blanco y como buenos Católicos pronunciamos una oración al Señor antes de besarnos y le pregunté por ti y la cuestión estaba en dar un giro muy cerrado incluso antes de leer tu carta porque Natascha tenía resaca de la noche anterior y a los 80 km la resaca sigue pero a los 120 km comienza la aspirina dice Natascha y crepusculares nos peinaba la tarde como una foto Hawaiana pero de Buenos Aires y viramos hacia un viento de la calle San Telmo y ni siquiera la fama nos recibió pero los que estacionan autos serán libres de cobrar un peaje suficiente por veintiún años.
Y vos, le dije, que vas a escribir en esta parte, en esta parte llega Cristo* me dice Mariana con un tono urgente que no sabía si me estaba jodiendo: Activen su pedido, reserven, dejemos los juegos a un lado- dice de pronto Mariana saliendo al comedor:
«Me van a hacer el servicio a domicilio por fuerza cósmica los quiero organizados y ojo que estoy dirigiendo porque veo sus bocas sedientas sean prismas pónganse del lado de los ángeles que esta noche llegará Cristo es nuestro amigo y delivery busquemos la luz y pidamos luego que luego se arrepiente y no se olviden de pedir por mí y oye una palabra más ahórrense las estampillas sacarán un lindo as si lo hacen bien ¿la eternidad? por favor el segundo advenimiento es puritano y ya son las 12 cuando cruce directo por esa puerta nada de ladridos en esta perrera ustedes tienen ese algo adentro no tengamos miedo al cosmos nos codeamos con la vibra es un juego de niños ¿me interpretan? nunca existió cosa más reconfortante una excursión al paraíso da brillo yo opino que sí Raúl Juanita Sergio Mariana Cristo conseguido ¿preparados? Ahora muchachos reserven directo en simples oraciones ahoguemos la voz con la frente hacia atrás ahoguemos la voz en simples oraciones gracias a Dios esta obra depende exclusivamente de ti tú eliges que de mano en mano la historia la cuenta Gautama: en una fiesta en Buenos Aires Sergio había pasado la noche conversando con un cubito de hielo incluso ahora los pelos de su servilleta sobresalen como una alerta total…».
*Fragmento enviado posteriormente por Mariana.
**Este texto ha sido escrito luego de haber leído solo el título del libro Bajar es lo peor
de Mariana Enríquez, y recordar antiguas noches cuando de repente empieza ese «bajar es lo peor».
Sergio Salamanca (1988, Quilicura). Editorial Aparte publicó su primer libro el 2022, de nombre PFTSCHUTE. Ahora la editorial de Argentina, Litoral Dark, publicó en diciembre del 2023 su segundo libro llamado Gezhonggeyangde.


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