Mala clase de Harry Vollmer: la rica expresión del borde de la sociedad

Cristóbal Gaete

«A Carlos Aguilar, con mi agradecimiento Cuando llueve todos se mojan» es el verso que abre Mala clase (Aparte, 2023), compilación poética de Harry Vollmer (1966); aquel dicho que toma más sentido mientras más al sur estés. No lo va a saber el poeta, sea en Osorno, Puerto Montt o Chiloé, zonas distinguibles de su biografía. Podríamos decir lo obvio a partir de la cita que en realidad es el primer verso de Barrio adentro (su primer libro, de 1997), que la condición meramente climática se adhiere al temperamento de los habitantes, pero un poco más allá de eso destaca de inmediato el oído, como carta de presentación que resulta transversal al compendio: acá se plasmarán muchas voces y expresiones que habitualmente no tienen lugar en la poesía, de vidas que tampoco se asoman por allí y que verso a verso van develando su destino. En el caso de este poema de apertura, mujeres de vidas torcidas. El clima, entonces, no es solo meteorológico, sino también mental, marginal, periférico: más cuando al girar la página hay combos y masturbación, donde sacan chispas tácitas los gemidos de la madre con los de la autosatisfacción. El fuego que permite vivir es alimentado por las tablas de la casa; es un mundo rudo el de Vollmer, primera constancia, un mundo donde el autor se siente en casa y rompe el pacto ficticio a veces con dedicatorias al remate de sus composiciones: «Nadie dirá sus nombres/ en un poema». Al final, el único para hacerlo es este poeta, y el único nombre para acercarnos estas noticias es el suyo, trayendo una experiencia muy, muy distinta y de borde a las letras chilenas. 

Tan al borde, que mi lectura de Vollmer partió por azar. Habiendo escuchado por años muchas historias y mitos nada buenos, por fin pude acceder hace unos meses tras compartir en las redes una revista Pájaro Verde y el libro REVO&LUSION de No Vásquez, lo que hizo que Carlos Aguilar me terminara comprando una copia de Con Ajo en una librería de población de Puerto Montt. Recordé dos casas donde estaba, casas de buenos libros. Hace poco lo vi también en Santiago, en el Parque Almagro, al lado de Jorge Velásquez, otro nombre insigne de las letras de por allá; siempre parecía leído, realmente usado. Qué ganas que Vázquez y Velázquez vengan al Guido Eytel en el futuro. Volveré a ese hallazgo lector luego, porque ahora quiero comentar los poemas de Chaucha (1999), el segundo título, que asedia la figura del paco desde el inicio, en un poema brutal de abuso y confesión, de una perversidad sin límites. Este segundo libro marca la hondura humana que está dispuesta a contar el autor. En otros poemas de la serie la policía va curada o abusa de un curado. Vollmer parece hallar los lugares de desesperación con facilidad. Así lo hace cuando exhibe la crudeza de la escritura, la locura y soledad en los baños del terminal de Puerto Montt. Cualquier lugar puede ser un calabozo. Walter Hoefler lo informa como «Libro patrocinado por la Universidad de Los Lagos, con un sesgo sociológico, justificado como un estudio poético de conductas marginales» en su comentario para El Día, que es recortado para la contratapa de este compilatorio, donde acierta en explicar los significados posibles de la expresión Chaucha. Cito ahora la solapa de Mala clase: «Este libro contiene los libros Barrio adentroChauchaCon Ajo (…) y el libro Mala Clase, inédito hasta esta publicación». Ahora vuelvo a mi ejemplar de Con Ajo. Mientras leía los poemas de Barrio… y Chaucha los imaginaba íntegros, pero al entrar a esta tercera sección me di cuenta que no estaban todos los poemas. Costo de oportunidad le llaman en economía a las pérdidas de cualquier decisión y lo que pierden los lectores de Mala clase son lo nítido de los paratextos de Con Ajo que, al estar sin firma, no queda más que asignárselos al poeta y que demuestran la lucidez con que aborda su proyecto. Cito la contratapa en su totalidad:

«Exigimos que la ética del discurso de cuenta de los principios morales que suelen ser excluidos frente a esta versión de la realidad social.

El punto de vista adicional gira en función de las metáforas de nuestras responsabilidades, de allí que retrate el horizonte histórico del barrio y sus cárceles sociales y personales.

El texto plantea el camino de la elaboración frontal que pone de manifiesto los grados de miseria que nos afectan y como se sobrevive barrio adentro».

La revelación de este texto, si es que es necesario decirlo, es que los poemas no son accidentales, sino que responden a un programa, un programa social. En la contrasolapa de la autoedición se vincula con Max Jara y Nicomedes Guzmán, dos escritores de ese ámbito del siglo veinte. Por mi parte, me uno a las referencias que expande Mauricio González Díaz, contratapista de esta ocasión y analista perseverante de la obra de Vollmer, con autorías como Alfredo Gómez Morel y Armando Méndez Carrasco. No pueden ser más afortunadas estas referencias. De Gómez Morel el relato carcelario, de Méndez Carrasco la coprolalia y el coa (de hecho, llegó a hacer su diccionario). Las hallo exactas casi, porque estos dos autores componen junto a Luis Cornejo y Luis El paco Rivano «los clásicos de la miseria». Cornejo escribió acaso el cuento más cruel de la literatura chilena, «El capote». El paco me alcanzó a explicar la crueldad de la cárcel conversando a partir del recordado cuento «El rucio de los cuchillos».

El conjunto de los llamados clásicos de la miseria rompió el idealismo de las relaciones sociales, el que se pesquisa en obras de, por ejemplo, Manuel Rojas, donde todos se ayudan. Además, a excepción de Gómez Morel, ellos también se autoeditaban lo que hace aún sus libros singularísimos, así también Con Ajo, con la impresión de poemas solo en las hojas impares –donde el ojo científicamente va directo– y gran formato, con la portada de un niño de los retratos de Larraín de los descalzos de Santiago. Para evitar este exceso de referencias prosaico, la autoedición es poesía en clave para nuestras letras también, son innumerables los ejemplos. Al contrario, Mala clase debe normalizar para convertirse en formato editorial y, a la vez, permitir en esta época una circulación regular en el mundo del libro. Pero qué pavor me da imaginarme poemas de Barrio adentro o Chaucha excluidos; no podría ser algo justo.  

Por supuesto, hay que decir algo también de la selección de Con Ajo. Justifican lo antológico, especialmente el que muestra a los evangélicos tocando en banyo «en oda al pulento», una redención que parece otra cárcel que remata justificada a la izquierda:

«En los lugares más extremos,

En los peores sufrimientos

Más te apegas a la vida

Luego te ahorcas».

Otro poema notabilísimo es el que narra la larga espera de la venganza tras el silencio frente a las autoridades y que finaliza otra vez justificado a la izquierda nombrando presos, «los que no entran cuando ya están dentro».

La corbata se aprieta sobre el cuello y queda el movimiento clave en la poesía de Vollmer, el que puede torcer la estigmatización sobre la expresión popular, como en el poema que inicia «Bajé ensartado en las zapatillas/ hice algo pa´la mente en el camino» y estrofas después reza «Imaginé un gato a la placenta/ a un par de ballenas, amándose, tumultuosas en mis bolsillos». No por la angustia, o quizá por ella, la expresión alcanza nuevas formas. ¿Qué poeta, qué escritor, le da esa posibilidad lírica a personajes subalternos? Sucede de tarde en tarde, como en los poemas de Metales Pesados de Yanko González

Las últimas veinticinco páginas corresponden al inédito, que le dan el nombre al conjunto, Mala clase, que abre con versos expandidos en comparación a los anteriores. En un programa en Youtube donde adelanta poemas –los lee de hojas impresas– explica que se permitió la primera persona, menos usada en los anteriores títulos, la que define como quien toma un rol. El lirismo se desata entre amor, ceguera y memoria, que se permite momentos de renovación del coa en líneas como «Puros sampaoli». Con esa fuerza desatada que contrasta con los poemas indoor, azota a quienes se pasaron al lugar de jurados y críticos en vez de seguir en la cuerda floja que baila Vollmer, lejos de la asepsia. A quienes colapsen estos poemas con alta tasa de funabilidad, el autor se espejea en un verso de Chaucha: «Viejo pugilista del vertedero», que tuerce la imagen en la última mitad de sus palabras, y que al final lo representa como quien es: el que mete las manos al barro y escribe con él.

En ese barco y la ceguera sumerge a las mujeres de las que se aprovecha la banda, en la repetición de la figura de la madre, en la locura de los cabros, en los gestos de tirarse los dedos frente a perros defecando, en los momentos delirantes o en el maremoto que les recorre los cuerpos muy acorde al puerto que habita, Vollmer construye la galería social más oscura y húmeda, como lo es la carne unida con otra, con personajes fallidos por la violencia o disminuidos en su salud o integridad mental. Los zapatos robados que amarrados por los cordones de su poética atraviesan los libros compactados en Mala Clase

Lo de Vollmer son líneas duras para atravesar el infierno. Mas, se sabe, el trasfondo de los inmoralistas es que al final son los más morales para denunciar su época, donde la precaria economía determina vidas, donde ya llamarlo destino, como al inicio de este texto, no tiene sentido y sería de una ingenuidad atroz. 

(*) Este texto fue escrito por encargo de los organizadores del Festival de poesía Guido Eytel de Temuco, específicamente en la jornada final realizada en Casa Varas. Vollmer, cuando nos conocimos un par de días antes, me preguntó si tenía el libro. No, le respondí. Abrió para regalármelo un maletín, donde se veían varios Con Ajo y su fotolibro El puerto que habito, donde escribe acompañado de las imágenes de Rafael Arenas. Alcancé a ver su autoedición más reciente, Con el mismo veneno que te matas… revives (2020), no referida en la antología que presento. Le pedí esa, sabiendo que solo de su mano la conseguiría. En el último almuerzo, le pedí que me dedicara Con Ajo, y vio tan a maltraer mi copia que me firmó una nueva y guardó la vieja en su maletín. Le pedí conservar la mía. Me la devolvió sin más.  


Cristóbal Gaete (Viña del Mar, 1983) es escritor y periodista. Ha trabajado en distintos oficios de la literatura vinculándolos al territorio. Destaca en su narrativa Valpore Motel ciudad negra (Premio Municipal de literatura de Santiago 2015), ambas con ediciones en otros países, compiladas junto a otras novelas cortas en Apuntes al margen(Emecé/Planeta). Ha publicado crónicas en medios como The New York Times en español, y revistas Dossier UDP y JOIA, también libros de memoria social. Recibió recientemente el Premio Municipal de literatura de Valparaíso en la categoría de trayectoria.

Harry Vollmer (Osorno en 1966) En los años noventa publica sus dos primeros libros, Barrio adentro y Chaucha. El 2000 la antología Línea Gruesa (Reunión de Súrdicos Poetas Jóvenes Chilenos). El 2006 Con Ajo, que once años más tarde se convierte en obra de teatro. El 2018 se le reconoce como escritor destacado regional. El 2020 escribe para el fotolibro El puerto que habito y también circula Con el mismo veneno que te matas… revives y el 2023 se imprime la antología Mala Clase (editorial Aparte). Paralelo a sus labores poéticas, ha editado las revistas La Papa Blue Pájaro Verde, además de Anawin, hecha con jóvenes infractores de la ley. Con ellos trabaja Vollmer. 

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