Nota sobre el legado de Jürgen Habermas

Grínor Rojo

Habermas murió el 14 de marzo de 2025, cuando tenía noventa y seis años. Fue, y lo sigue siendo después de su muerte, uno de los dos o tres pensadores más significativos para la historia occidental del último siglo, un filósofo empeñado de alimentar la vida pública con un paquete de ideas profundas y sensatas siempre con vistas a un incremento del bien común. Este texto quisiera ser un reconocimiento a su legado y un modesto homenaje a su figura. 

El punto de partida de Habermas es el mismo de Aristóteles. Éste, en la Política, afirma que los humanos lo somos en tanto cuanto nos hallamos a mitad de camino entre las bestias y los dioses, y que nuestra diferencia específica está en que los humanos poseemos la palabra, el logos, que es algo de lo cual las bestias carecen y que los dioses no necesitan.

Dicho esto, se entiende que Habermas haga depender la felicidad de los humanos (el “bien común”) de esta diferencia específica y de su buen funcionamiento. Su propuesta de una política basada en una “democracia deliberativa”, la que se proyectaría en una “acción deliberativa” sin limitaciones y, precisamente por deliberativa y sin limitaciones, “radical” y “socialista”, se asienta en la universalidad inmanente de la pragmática del habla.

Escribe el maestro en uno de mis párrafos favoritos: “En el paradigma del entendimiento intersubjetivo lo fundamental es la actitud realizativa de participantes en la interacción que coordinan sus planes de acción entendiéndose entre sí sobre algo en el mundo. Al ejecutar ego un acto de habla y al tomar alter postura frente a ese acto, ambos entablan una relación interpersonal. Ésta viene estructurada por el sistema de perspectivas recíprocamente entrelazadas de hablantes, oyentes y asistentes actualmente no implicados. A ello corresponde en el plano gramatical el sistema de pronombres personales. Quien se ha ejercitado en este sistema ha aprendido cómo adoptar en actitud realizativa las perspectivas de primera, segunda y tercera persona y cómo poder transformarlas entre sí […] Esta alternativa cae [se presenta, G.R.] en cuanto cobra la primacía la intersubjetividad generada lingüísticamente. Pues entonces el ego se encuentra en una relación interpersonal que le permite referirse a sí mismo, desde la perspectiva de alter, como participante en una interacción. Y esta reflexión sobre sí mismo, emprendida desde la perspectiva del participante, escapa, ciertamente, a aquel tipo de objetivación que es inevitable desde la perspectiva del observador cuando ésta se torna reflexiva. Bajo la mirada de tercera persona, ya sea dirigida hacia fuera o hacia dentro, todo se congela en objeto. En cambio, la primera persona que en actitud realizativa se vuelve sobre sí misma desde el ángulo de mira de la segunda, puede reconstruir, entendiéndolos, los actos que la intención recta ejecuta. Una reconstrucción comprensiva del saber ‘ya siempre’ empleado es la que viene a ocupar el puesto del saber reflexivamente objetualizado, es decir, de la autoconciencia”.

Todo aquel que lea con cuidado la cita anterior, podrá darse cuenta del esfuerzo que Habermas ha puesto ahí para: i) Alejarse del robinsonismo filosófico y centrarse en la “relación interpersonal” entre sujetos; ii) Que esa relación interpersonal entre sujetos en la que él está pensando no resulta de un forzamiento generado por determinaciones heterónomas, sino que es un producto de la “autoconciencia” de los sujetos mismos y del traslado de esa autoconciencia a la conversación que ellos mantienen a sabiendas de que se están apoyando en un “saber ya siempre empleado”; iii) Situar el lugar modélico del entendimiento, el de la configuración de la intersubjetividad, en el “acto de habla” (en la emisión y recepción de la palabra, en el ejercicio eficaz del logos), especificando que sus agentes son los “hablantes”, los “oyentes” y el entorno que los circunda, el de “los asistentes actualmente no implicados”, correspondiendo cada uno, y en ese orden, a las personas gramaticales en el singular y en el plural: “yo/nosotros”, “tú/vosotros”, “él/ellos”; y iv) Que la ganancia consiste en que de este modo uno puede hablar acerca de uno mismo desde la perspectiva del otro y a la inversa, construyéndose al cabo de esa operación un “nosotros”. Con esto el que habla dejará de ser un Robinson más, prisionero en su isla filosófica, desterrado en el objetalismo remoto de la tercera persona (en el él/ellos).

Esta es la piedra angular del edificio teórico de Habermas. Piensa este que en las sociedades tardomodernas de Occidente, aquellos/as que aún creen y se apegan a la herencia de la Ilustración, pero están conscientes de que la suya es una tarea todavía “incompleta”, han descubierto en el fortalecimiento de la “esfera pública” y en la del “poder comunicacional”, pero siempre y cuando ambos se encuentren libres de coacciones externas, un simultáneo fortalecimiento de las oportunidades para la instalación en el “mundo de la vida” de una “democracia radical” y, por añadidura, “socialista”. Es decir que en las sociedades tardomodernas la participación en el acto de habla (la participación en el intercambio lingüístico entre humanos) es aquello a lo cual habría que sacarle partido, porque está reproduciendo un sustrato vigente en el cuerpo de la especie, porque es un “dado”, un algo que está ahí “ya”, pero sin que por ello se hayan perdido de vista las peculiaridades del aparato comunicacional históricamente en existencia, así como las condiciones que este les pone a los interlocutores para operar en su intercambio. 

Cuando uno observa las batallas que hoy están librando políticos de diversas persuasiones, pero muy respetables, como Ignacio Lula da Silva y Emmanuel Macron, para fijarle límites a la inmensa capacidad inductora de las tecnológicas comunicacionales, para ponerle freno al poder de manipulación que el señor Musk, el señor Bezos o el señor Thiel ejercen sobre la conciencia pública, no puede menos que desearles la victoria. La acusación que desde el lado de las big-tech se les hace a estos políticos, según la cual ellos estarían incurriendo en reprobables actos de “censura”, en atentados ilegítimos contra la “libre expresión”, es, por el contrario, una argucia que las tecnológicas utilizan para perpetuar la garra que ya tienen sobre la voluntad popular. Eso por lo que Lula y Macron están batallando no es una restricción, entonces, sino su opuesto: actúan ambos con un criterio emancipador, preocupados de reestablecer la libertad y la autonomía por la que lucharon los adalides de la modernidad y que hoy tenemos que recuperar porque nos hace muchísima falta. El éxito del edificio filosófico habermasiano, que tal vez sea nuestro mejor recurso para sostener teóricamente la sobrevivencia de la democracia en el mundo, se halla ligado en buena medida al cómo les vaya a esos políticos.

Así, con el énfasis puesto en las potenciales virtudes de la comunicación tardomoderna, pero siempre que se den las condiciones para que esta funcione sin que intereses espurios la capturen, podrían enfrentarse los problemas que presenta la democracia liberal contemporánea, la “agregativa”, que se basa en una simple sumatoria de decisiones individuales. Porque con esta clase de democracia ganan los más y pierden los menos, y sin que en ningún momento se le haya dado su oportunidad a la entrada en funciones de una “voluntad general”, sin mezquindades, que como es bien sabido fue la aspiración de Rousseau y del sector más progresista de los revolucionarios franceses. Nos consta a todos/as que, en el plano de la teoría, al menos desde las especulaciones de Constant (la libertad “de los antiguos” versus la libertad “de los modernos”), la viabilidad de su antagonista, que es la democracia participativa, es cuestionable y cuestionada. Cuestionable y cuestionada, pero no imposible, es lo que Habermas hubiese respondido probablemente.

Porque, al contrario de la agregativa, la democracia deliberativa, radical y socialista habermasiana considera que es posible una participación popular sin mezquindades también en el marco de las sociedades modernas. Esta es su gran novedad, que este filósofo de los siglos XX y XXI presuponga la reintegración de algo a lo que la arrogancia de la cultura moderna había dado por perdido hacía rato, me refiero a la reaparición hoy, entre nosotros, de una democracia participativa. Esta renace ahora no contra lo mejor de la democracia liberal, sino contra lo peor. Renace no por haber sacado a la otra de la circulación, sino por haberla perfeccionado, podándole la maleza, y dejándola de este modo en condiciones de crecer en el cumplimiento de las tareas todavía pendientes del programa ilustrado. 

Queda pues claro que Habermas presupone viable también hoy, junto con la discusión democrática y en el seno de la discusión democrática misma, una cierta reconstrucción de la voluntad general, puede que no en los mismos términos en que la pensó el filósofo de una Ginebra que en aquel entonces no pasaba de los veinte mil habitantes, pero concebible y actualizable de todas maneras. Una esfera pública dispuesta y un aparato comunicacional emancipado son las dos condiciones básicas que Habermas le pone a este programa para hacerse efectivo. Con su ayuda el pueblo de hoy podría reencontrarse con su voluntad. ¿Las consecuencias? Un tirar por la ventana el patriotismo identitario, el que se autoconsidera como la expresión quintaesenciada del ser nacional, reemplazándolo por un patriotismo político, que esté engastado en las conversaciones que los ciudadanos mantienen en el campo abierto de la esfera pública, más frágil este que el otro, pero también menos salvaje. Este patriotismo de lo político es el que cuaja finalmente en un aprecio justificado por la constitución y las leyes. Difícil, es claro, pero un esfuerzo que vale la pena porque a lo mejor pudiera ralentizar nuestro veloz descendimiento hacia el abismo sin fondo de la estupidez.


Bibliografía

Aristóteles. Política, tr. Manuela García Valdés. Madrid. Gredos, 1988.

Constant, Benjamin. Escritos políticos, tr. María Luisa Sanchez Mejía. Madrid. Centro de Estudios Constitucionales, 1989.

Habermas, Jürgen. Teoría de la acción comunicativa, tr. Manuel Jiménez Redondo. 2 vols. Madrid. Trotta, 2018.

_______________ . Facticidad y validez. Madrid. Trotta, 1998.

______________ . El discurso filosófico de la modernidad (doce lecciones). Madrid. Taurus, 1989.

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