El fascismo y la inteligencia

Grínor Rojo

En lo concerniente al fascismo clásico, los datos son de público conocimiento y yo me limitaré a recordar solo los ejemplos que sobresalen: la complicidad del fascismo mussoliniano con el espíritu antiintelectual, violento y tecnofanático de los futuristas, los de aquellos que gritaban que había que “glorificar la guerra, el militarismo y el patriotismo” y “demoler los museos y las bibliotecas” (“Manifiesto futurista” de 1909); las quemas de libros de los jóvenes nazis, en 1933, en Berlín y en otras treinta y tantas ciudades alemanas, durante las cuales esos buenos muchachos redujeron a cenizas, según se calcula, veinticinco mil volúmenes, entre ellos libros de Einstein, Freud, Benjamin, Mann, Brecht y otros autores del mismo o similar prestigio, como quien dice la flor y nata de la cultura germánica de aquel momento, condenados sus representantes por “antipatriotas”; y un poco más tarde, en 1937, la exposición del “arte degenerado”, que se hizo primero en Múnich y recorrió después gran parte del país, y en la que se mostraron, denigrándolas, pinturas de Van Gogh, Gauguin, Picasso, Modigliani, Kandinsky, Klee y Chagall; y, por último, recuerdo aquí una exclamación para el mármol, un grito del coronel español José Millán Astray en su enfrentamiento con Miguel de Unamuno en Salamanca, en 1936: “¡Viva la muerte!” y “¡Muera la inteligencia!”.

De América Latina, habría que registrar las afanosas imitaciones que de las iniciativas de los fascistas europeos hicieron las dictaduras de los setenta y ochenta del siglo pasado. En Argentina, los asesinatos de escritores, el de Rodolfo Walsh, el de Haroldo Conti y el de Francisco Urondo, los más conocidos (no los únicos, por lo tanto), y las quemas públicas de libros, que se iniciaron en Córdoba en 1976, con la incineración de libros de Freud (siempre Freud, ¿por qué será…?), Proust, Neruda, García Márquez, Cortázar, Saint-Exupéry, Sartre y muchos más, y que llegaron a su paroxismo con los más de noventa mil ejemplares que los militares le quemaron patrióticamente a la Editorial Universitaria de Buenos Aires (EUDEBA) en febrero de 1977.

En Chile, los uniformados locales asesinaron al cantante y hombre de teatro Víctor Jara, prisionero en el Estadio Nacional, el 16 de septiembre de 1973. Emblemáticamente, le cortaron los dedos de la mano con que tocaba su guitarra y después le metieron en el cuerpo cuarenta y cuatro furiosos balazos; a ese asesinato se unen los de Jorge Peña Hen, el músico serenense, fundador de la primera orquesta sinfónica infantil de Latinoamérica, y los de los cineastas Jorge Müller y Carmen Bueno, entre otros; y en materia de sacrificio de libros, el aporte que le hicieron los chilenos al ritual, aunque mediocre si lo comparamos con el de sus colegas trasandinos, no se quedó atrás. Sin contar con la previsible intervención militar de la editorial del Estado, Quimantú, que se produjo el mismo día del golpe, y con la quema de una fracción no determinada de su stock, la hoguera pública de libros más escandalosa es la que se encendió en las afueras de la remodelación San Borja el 23 de septiembre de 1973. Los militares chilenos recorrieron los departamentos de la remodelación uno por uno, requisando todos los volúmenes que les llamaron la atención, los apilaron después en la Alameda y ahí mismo les prendieron fuego.  

[Nota: la novela que reflexiona acerca de las quemas de libros como un elemento que es consustancial al imaginario fascista, para el que esos contenedores de inteligencia tienen que ser eliminados sí o sí, es Fahrenheit 451 de Ray Bradbury. Interesantemente, si la bestia de la novela de Bradbury, que es de 1953, es el macartismo, la de la película de Truffaut, sobre el mismo material y que es de 1966, es el igualitarismo maoísta de los sesenta, en tanto que la de la película de Bahrani, que es de 2018, es el trumpismo. Prueba esto que, no obstante la variedad de los contextos, los fuegos purificadores fascistas se mantienen fieles consigo mismos. Las quemas de libros constituyen para los fascistas un cometido de seguridad pública, y para eso emplean un personal de bomberos cuya especialidad no es apagar sino encender el fuego].

Y, por cierto, están también las intervenciones en los organismos de la cultura, en los museos, en las bibliotecas, en los colegios y en las universidades. Típicas son las purgas de profesores y la manipulación de los currículos en los colegios y las universidades, las persecuciones de los alumnos disconformes y la prohibición de que se ventilen en la sala de clase cuestiones pecaminosas, con los delatores infiltrados en las aulas, anotando apuradamente nombres y frases culpables.

Tampoco escasean los colaboradores académicos. El ejemplo de Heidegger en Alemania tuvo fervientes admiradores en América Latina y en Chile. En nuestro país, en un artículo de 2014, Bernardo Subercaseaux rastreó la huella de los delatores en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Chile, acompañando su pesquisa con los documentos oficiales. Entre los varios documentos que desenterró Subercaseaux, impresiona una declaración que a los interventores del Departamento de Español les hizo su director, refiriéndose a las simpatías políticas de sus colegas, los/las expulsados/as y los/las que estaban aún por expulsar: “indeseables”, “peligrosos”, “receptivos con elementos de izquierda”, etc. Toda esa una información destinada a “limpiar” al Departamento (y a la institución) de “elementos subversivos”.

He recordado todo lo anterior, y podría haber incluido muchísimo más (haber registrado las mil y una obscenidades de la censura de libros, por ejemplo, esa que en la dictadura argentina contaba con un manual con gradaciones que medían la magnitud de los pecados), para respaldar un aserto: el pensamiento libre y el fascismo no son compatibles. El fascismo aborrece y persigue a la inteligencia siempre, en cualquier circunstancia y cualesquiera sean sus manifestaciones, y lo hace porque tiene que hacerlo, porque si va a ser consecuente con sus principios no puede menos que aborrecerla y perseguirla.

No importa la especialidad, puede ser la física de Einstein, el psicoanálisis de Freud, el socialismo de Benjamin, la prédica pacifista del papa León XIV y por cierto la poesía de Pablo Neruda. Como el coronel Millán Astray, el fascismo reniega de la libertad para pensar, trata de controlarla (o de seducirla) cuando puede, y cuando no puede, la acorrala y la hostiliza (o la extermina). 

Y eso lo hace porque un uso independiente y profuso de la inteligencia entra en contradicción abierta con la paz de aquello que no se manifiesta y solo acata, y esa es la aspiración fascista por antonomasia. Para el fascismo frenar los poderes disruptivos de la inteligencia es, por decirlo así, un imperativo biológico. Pasó en Europa en la primera mitad del siglo XX, pasó en América Latina en la segunda mitad y ahora…, ahora pareciera estar pasando de nuevo, pero esta vez a escala global.

En Estados Unidos, Donald Trump hace alarde de su antiintelectualismo o, más precisamente, obliga a los organismos y a los productores de pensamiento y de arte a que estos se ciñan a sus gustos, a su ética machista, antiambientalista y xenófoba, a su estética cursi de propietario hotelero, a su desprecio por la educación pública (ordenó la disolución del departamento de educación, argumentando que esa no era una función del gobierno federal), a su desconfianza en la ciencia y a su confianza en la tecnología. En este último sentido, que los tecnomagnates de Silicon Valley sean visitantes conspicuos de la Casa Blanca no es una casualidad. Tampoco lo es la cesación de los veintidós miembros que formaban la Junta de la Fundación Nacional de Ciencia (National Science Foundation) y la reorientación del destino de los fondos asignados a la entidad, de 9000 millones de dólares anuales, y cuyo propósito era financiar proyectos de investigación en universidades y otros centros de excelencia. Casi trescientos han sido los estadounidenses ganadores del premio Nobel que han hecho su trabajo apoyados por ese dinero.

Elimina o recorta Trump así los fondos que hasta ahora se destinaban en Estados Unidos a la ciencia de vanguardia, tanto a la ciencia de base como a las investigaciones que él más detesta y que son las relativas al cambio climático y a la salud pública, en temas como la vacunación universal, el VIH o el COVID-19. Y con mayor saña cuando esas son investigaciones en ciencias sociales, en humanidades y en artes, de preferencia las que se ocupan de la historia y la sociedad de su país, incluyendo la vida y las luchas de las minorías, las de los “diferentes” raciales, de género o cualquier otra índole. 

En las artes, los desaguisados de Trump en el John F. Kennedy Center para las Artes Escénicas son grotescos. Echó al directorio completo, nombró uno nuevo a dedo, hizo que lo eligieran presidente del Consejo y ordenó que pusieran su nombre en el frontis del edificio, antes que el de Kennedy. Acto seguido, se abalanzó sobre la programación. Uno de sus propósitos era cancelar los espectáculos LGBTIQ+, reemplazándolos por otros que no ofendieran la sensibilidad gazmoña. El antiguo camarada del pedófilo Epstein hacía con ese gesto una exhibición de pudor.

En paralelo ha embestido Trump contra las universidades, metiéndose en salva sea la parte la autonomía universitaria y exigiendo que se hagan cambios de todo orden bajo amenaza de reducirles o eliminarles su financiamiento a las instituciones que no le obedezcan. 

Cinco son sus frentes principales: en primer lugar, los programas DEI (Diversidad, Equidad e Inclusión), a los que intenta poner término, o sea que no se siga apoyando la educación de las minorías raciales, sexuales o cualesquiera otras y por cualesquiera sean sus desventajas; en segundo lugar, quiere que los contenidos curriculares acentúen el patriotismo estadounidense, aun a costa de la verdad histórica, que en la imagen de Estados Unidos que se enseña en las escuelas se suprima la esclavitud, se suprima el genocidio indígena, que no haya habido nunca una lucha por los derechos civiles, que solo haya habido hombres blancos y de ascendencia europea, ganadores en cuanta batalla participaron, tanto en los escenarios nacionales como en los internacionales; en tercer lugar, exige la “limpieza” de los espacios públicos, museos, parques, la ciudad, nada que en ellos recuerde atropellos e injusticias; en cuarto lugar, que se aplique mano dura a los estudiantes que protestan, sobre todo si sus protestas se oponen a su política exterior, la de su gobierno (si contradicen la ayuda que Estados Unidos les presta al genocidio israelí en el Medio Oriente y, en general, la supremacía estadounidense en el mundo); y, en quinto lugar, ordena este presidente que se modifique la política de admisión para estudiantes foráneos, que a las instituciones educacionales de Estados Unidos lleguen menos extranjeros de los que han estado llegando hasta ahora y muy bien colados. En suma: una agenda racista, sexista y xenófoba, y que golpea de preferencia a los pobres, que son los que mandan a sus hijos a las escuelas públicas, en tanto que se acomoda a las aspiraciones de los ricos, que son los que pueden pagar una educación privada del más alto nivel.

Y a nosotros, los chilenos, ¿cómo nos está yendo en este tenebroso tsunami fascistoide? Tenemos en la actualidad un gobierno trumpista, como todo el mundo sabe, un gobierno cuyo presidente admira a Trump y acudió dócilmente al llamado que este hizo cuando se reunió con sus colegas latinoamericanos en suresort de Miami, para echar a andar ahí la operación Shield of the Americas, la que, según les anunció, era la solución perfecta para terminar con el narcotráfico. La realidad era otra: era un ardid que le daba, que le da, a Estados Unidos una excusa para invadirnos militarmente cuando y como se le dé la gana. 

Respecto al gobierno ultra chileno, cuando escribo estas páginas lleva poco más de tres meses en La Moneda, lo que podría dificultar una estimación suficiente. Pero, además de aquello que ya se ha hecho o se está haciendo, y que por lo tanto es posible anotar, están las declaraciones de campaña y las expectativas a futuro. 

Brevemente: están en tabla o se encuentran en marcha en Chile los proyectos que detienen la reestatización de la educación pública (municipalizada por Pinochet, con evidente detrimento de los municipios más pobres y cuya desmunicipalización había iniciado a tropezones el gobierno progresista de Gabriel Boric); también los proyectos que obligan al fin de la selectividad en los procesos de admisión a las escuelas públicas (la selectividad que se pretende reinstalar ahora no es meritocrática, como argumentan falazmente los funcionarios del gobierno, sino económica y socialmente discriminadora); los que cuestionan la gratuidad universitaria (de nuevo, bloqueando el acceso de los más pobres, en este caso, a la educación superior. En este mismo ámbito, el de la educación superior, habría que sumar a lo ya dicho la supresión de las becas para estudios de magíster en el extranjero). Y todo ello acompañado por la instalación de un sistema represivo sin cortapisas al interior de los planteles educacionales, especialmente los de la educación media, rebautizados como “escuelas protegidas”. Un sistema este que por lo tanto no educa a los adolescentes en la convivencia pacífica, sino que controla sus “incivilidades”, que les impone “disciplina” y “castiga” sus infracciones con celo policial.

¿Y en “cultura”? En primer lugar, anotemos el desfinanciamiento. La cultura no ha constituido una prioridad de los gobiernos chilenos, y mucho menos de este, por lo que su financiamiento, por parte del Estado, que ya era malo, hoy día es peor: el gasto es del 0,56% del Presupuesto Nacional (en los países de la OCDE, una organización a la que Chile pertenece, el promedio es 1,2%), y a eso se le recortó hace poco casi un 10% más, en línea con los planes de austeridad del gobierno, muy por encima del 3% que se aplicó a los otros ministerios. 

Así, si el panorama es poco auspicioso para la ciencia, donde el presupuesto para el Ministerio respectivo es de un irrisorio 0,43% del PIB, lo es todavía más para la cultura. Es lo que ocurre con las instituciones tradicionales de la cultura chilena, como podrían ser la Biblioteca Nacional, el Museo Nacional de Bellas Artes y el Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM), esta última una entidad público/privada, pero que en un 80% depende del dinero del Estado y a la que se le canceló recientemente un proyecto de ampliación. Y aún más mal les va a las instituciones alternativas, como son el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, al que para 2026 se le quitaron $79.429.000 de su presupuesto, y el Museo de la Solidaridad Salvador Allende, al que simplemente le negaron los fondos. 

También están en la mira del gobierno actual chileno los llamados “sitios de memoria”, que son alrededor de cincuenta en el país. No son estas instituciones que sean del gusto de unas autoridades que reivindican desinhibidamente el legado de Pinochet y dejarlas sin financiamiento es una buena manera de acabarlas. Entre tanto, sus partidarios planean la instalación de un “Museo de la verdad” que glorifique a los violadores de derechos humanos.

Y en lo referente a la llamada cuestión “valórica”, los chilenos hemos entrado en la que para nuestro presidente es una “batalla cultural”, una batalla antiminorías raciales, antimujer, antiLGBTIQ+. Alineado también en estos asuntos con el gobierno de Trump, el presidente de Chile no adhirió a la declaración de los derechos LGBTIQ+ en la Organización de Estados Americanos y, por el contrario, se ha puesto por detrás de la posición de Estados Unidos en la ONU para que se reserve la palabra “género” para nombrar hombres y mujeres exclusivamente. 

Aunque no ha reflotado la idea, en su programa para la elección anterior, la que perdió, el ahora presidente Kast prometía cerrar el Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género. Hoy, ya en La Moneda, es cierto que no lo ha cerrado, pero ha nombrado ministra a una activista evangélica que, ¡oh, paradoja de paradojas!, quiere retomar la antigua intención de su patrón y abolir ella por su mano el ministerio que el patrón puso a su cargo. El propio Kast, poco antes de asumir la presidencia, en un acto en el Parlamento Europeo, había hecho una descalificación de los “ismos”, refiriéndose literalmente al “feminismo ideológico” y al “indigenismo radical” respecto de los cuales era preciso dar la batalla “cultural, política y moral” que mencioné más arriba. 

La orientación está clara, en consecuencia. Lo mismo que Trump hace en su país es lo que las autoridades actuales están remedando en el nuestro. El neofascismo contemporáneo es ubicuo, aparece en geografías diferentes, responde a tradiciones nacionales diferentes (el nacionalismo es uno de sus sellos distintivos, como se sabe), habla lenguas diferentes, pero, aunque con distintas pieles, sigue siendo el lobo de siempre. No es más que la versión contemporánea del que Umberto Eco llamaba el Ur-fascismo o “fascismo eterno”. Y en lo que tiene que ver con el pensamiento progresista, es su opuesto rabioso. 

¿Por qué? Mi tesis afirma una congruencia del pensamiento político progresista con el pensamiento humanista y lo opuesto respecto del pensamiento fascista. El pensamiento fascista es antihumanista, en circunstancias de que la cultura sobre la cual se edificó la sociedad de Occidente ha sido predominantemente la del humanismo, el que se empezó a configurar desde el momento en que se intuyó que los seres humanos podíamos ser los sujetos de nuestros predicados, o sea cuando se percibió que los seres humanos éramos en efecto animales, pero animales dotados de razón, que la inteligencia y la libertad eran atributos de la especie, que los poseíamos todos y todas transversalmente, que podíamos activarlos en nuestro beneficio y darle con eso un rumbo a nuestras vidas, diferenciándonos, como decía Aristóteles, de los dioses y las bestias. 

El humanismo occidental nació en la Grecia clásica, lo retomó el cristianismo primitivo, retrocedió en la Edad Media, repuntó de nuevo en la primera modernidad renacentista y se consolidó en la segunda modernidad ilustrada. En más de dos mil años su fondo no ha cambiado, aunque sí lo han hecho sus formas y sus dimensiones, experimentando triunfos y fracasos numerosos, pero recuperándose y progresando un poco más cada vez. Ese humanismo entiende que los humanos somos naturaleza, como ya lo dije, pero que somos también “algo más” que naturaleza, que somos “conciencia”, libre, autónoma y creadora. Y esto, exactamente, es lo que el fascismo aborrece y persigue. En otra novela famosa, 1984 de George Orwell, este puso, como uno de los tres lemas conductores del régimen fascista del Gran Hermano, la frase “ignorance is strength” (“la ignorancia es fuerza”). Me pregunto: ¿Qué diferencia hay entre esa ficción orwelliana y la historicidad del grito de Millán Astray en Salamanca? ¿Qué diferencia hay entre glorificar la ignorancia y gritar a todo pulmón que “¡Viva la muerte! y que ¡Muera la inteligencia!”?

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