Juana Inés Casas
Por dónde empezar a hablar del último libro de Alejandra Costamagna, por dónde empezar a hablar de este libro que se titula también con una pregunta: Dónde puedo dejarlo.
Podría empezar por el principio, ese comienzo inolvidable «Me muero si no llegas», una frase que suena como un disparo y que Manu, una de las protagonistas de la novela, intentará recordar para entender lo que pasó con su amiga Mara, luego de un último encuentro en diciembre de 1989 en la calle Tegualda.
Podría empezar por lo que vino después: la ausencia, la distancia, la clandestinidad, el desarraigo, el miedo. Sin embargo, me gustaría empezar por la imagen de dos adolescentes en un bote en el sur de Chile al amanecer.
«El agua es verde y parece un témpano de tan helada y hay yuyos alrededor. Y el vaivén del río les provoca un mareo espontáneo. No saben cómo describir la sensación, no quieren estar en ningún otro puesto ahora mismo. Se preguntan dónde desembocará este río, cómo será el lugar en que las aguas se tocan y lo que trae una lo absorbe la otra y disuelven lo propio para volverse un gran torrente».
Así es esa amistad, la de Manu y Mara, una corriente de agua en la que «lo que trae una, lo absorbe la otra», una amistad que se ha gestado en el colegio, en las primeras manifestaciones, en el descubrimiento de los propios cuerpos, de la sexualidad. Es un vínculo hecho de espejos e identificaciones, fascinación, algo de misterio y detalles maravillosos: las poleras prestadas e intercambiadas, los jeans comprados en la ropa usada, las risas repentinas, los cumpleaños compartidos, la complicidad.
Y también el cuerpo, el tacto, el registro de esa memoria que queda grabada en la piel: la mano de Mara pasando por la nuca desnuda de Manu que se ha rapado el pelo como Sinead O Connor, la mano de Mara guiando a Manu en la toma del liceo, y ese último abrazo en el paradero cerca de la casa de Isa, la otra amiga en esa cofradía, esa tarde en que Mara les regala una suculenta a cada una, una suculenta como una señal, un legado o un anuncio de lo que vendría.
Suculenta, truculenta, escribe Alejandra Costamagna en un juego de palabras que atraviesa este libro donde el lenguaje se vuelve el centro, gana espesor y musicalidad, adquiere vida propia, como el sonido de la escritura de Manu «que alguien podría confundir con el de ciertos pájaros cuando arman un nido» o ese lenguaje que se repliega para dar paso al silencio, lo que no está:
«Desaparecer
No es
una palabra
Es un pozo».
La escritura de Alejandra va y viene, como un pájaro o una hormiga, busca detalles, obsesiones, pequeñas piedritas u hojas livianas para armar el nido que contiene una historia llena de vacíos y se para desde ese momento clave, esa despedida a fines de los 80 durante «el último verano de un momento de tu vida», como dice la narradora, o como escribe Annie Ernaux en Memorias de chica (un libro que dialoga con Dónde debo dejarlo): un «verano inmenso», en el que todo empieza a reconfigurarse.
La escritura como un intento, y acá cito a Julieta Marchant en uno de los epígrafes del libro, de aprisionar el instante: «el momento que separa lo que está de lo que no está más».
Las amigas ya no volverán a verse, pero también dejarán de ser las personas que eran hasta ese momento. No solo Mara, quien debe adoptar nuevos nombres, y fisonomías y olvidarse de amigos, de familia, de quien fue y de palabras como “chiquilla, chacota, huacha, pichanga” sino también Manu que va a mudarse sola a un departamento en Las Palmeras, tener un trabajo en una agencia de noticias, una pareja que se llama Rolo, pero vivir una vida siempre escindida, rodeada y especulaciones: «pudo haber pasado que», «pudo ser qué», «podrá ser qué» y de muchas preguntas.
Vuelvo una y otra vez a las preguntas porque en este libro las preguntas son importantes. Esta historia no se construye sobre certezas, sino sobre posibilidades y conjeturas, sobre lo que no se sabe, lo que se teme, lo que se añora, lo que se calla o lo que, como se titula la primera novela de Alejandra, se dice «en voz baja».
Menciono esta novela, sé que también Alejandra lo ve así, porque hay un parentesco entre los dos libros. Hay una ausencia, la del padre (en ese primer libro), la de la amiga (en el último), hay fantasmas: los que se van, los que se quedan. Me gusta pensar que hay una cinta que ata estas dos novelas que se llevan 30 años, y atraviesa todos los otros libros de Alejandra, llenos de silencios, cosas que no se dicen, se sospechan, personajes entrañables, chicas que esconden secretos y osadías, pájaros, gatos —claro que sí—, personas insomnes, personas desarraigadas por más que sigan en un mismo lugar.
«Lo mismo les ocurría a las plantas cuando las arrancaban de su tierra para ser trasplantadas. Mientras no están enraizadas, decía, quedan en vigilia, zombis, los nervios al descubierto, hasta que recuperan su suelo. Toda tú al descubierto, buscando señales en los recuerdos atómicos, en los nervios de las plantas, en las letras arrimadas al borde de la hoja. Buscabas en ti las raíces de Mara».
La vida como una búsqueda de señales en medio de lo cotidiano, el Santiago de los 90, los faxes, los cigarrillos en los lugares públicos, el café Haití, los «quioscos de diarios y revistas que años más tarde ya no existirían», los teléfonos fijos, las cabinas telefónicas, la fotografía revelada en papel y noticias que hablan de la recaudación del teletón, de subversivos, de sujetos, de ochenta y cinco toneladas de hielo antártico en Sevilla.
Y las personas, los personajes de esta historia, que a veces parecen personajes de una obra de teatro imperfecta, llena de vacíos, como el padre de Mara que hace yoga en el medio de una casa casi abandonada, o infla globos y cuelga guirnaldas de serpentinas en un cumpleaños con un puesto siempre vacío. Un plato, una torta, una vela, un pozo.
Qué hubiera pasado sí. Podría haber pasado. Nada más laberíntico e infinito que el no saber.
Las preguntas son importantes. Imposible saber dónde empezar y dónde dejar este relato que, al igual que la amistad y los buenos libros, se teje de mil formas en una escritura que evade la linealidad y se repliega, se expande, una escritura que suena y toma un latido propio, más allá de la historia, la historia con mayúsculas y con minúsculas, las vidas de estas dos amigas, pero también de un país, de una región, un continente.
Y ahora, Ale, me salgo un poco de esta lectura y te pregunto, como tantas otras veces te pregunto cosas en nuestras conversaciones sobre gatas hijas, hijas humanas, hermanas, padres, datos del barrio, trabajo y, también, escritura: dónde puedo dejarlo, dónde puedo cerrar este texto.
Sabemos que no hay finales definitivos.
Mientras, prefiero quedarme con las manos de dos adolescentes que se toman y se ríen y comen berlines con voracidad; o con una madre que le cuenta a su hija muchos años más tarde quién es en un vuelo a miles de kilómetros de Chile. Todos esos detalles que conforman las vidas de los personajes tan humanos, tan singulares de esta novela que tiene la profundidad y la fuerza de un río que no sabemos dónde va a desembocar y nos arrastra, pero no importa, porque no queremos estar en otro lugar, un libro que solo Alejandra Costamagna podía escribir y que, les prometo, tampoco ustedes podrán dejar.
*El martes 14 de abril en el CCE se presentó Dónde puedo dejarlo: la última novela de la escritora Alejandra Costamagna. Este texto de presentación de Juana Inés Casas conserva las marcas de oralidad que fueron dichas esa tarde, en un ánimo por traer al presente otro presente: el del texto de una presentación, esa presentación.
Juana Inés Casas es escritora, editora y periodista. Es autora de los libros de cuentos El tiempo de los peces (2011) y Segundo idioma (2023). Ha participado en las antologías «Vivir allá» (2017) y «Avisa cuando llegues» (2019).
Alejandra Costamagna (Santiago, 1970). Su primera novela, En voz baja, obtuvo el Premio Juegos Literarios Gabriela Mistral de 1996. Dónde puedo dejarlo, su última novela, se publicó bajo el sello Anagrama. Este año, Costamagna fue parte de las escritoras seleccionadas para una beca Finestres.


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