Pascuala Atania Orellana
Hace algunos meses la coordinadora del Premio Iberoamericano de Letras José Donoso, Claire Mercier, fue apartada de sus funciones de una manera muy poco elegante. Un simple “hasta luego” que no se correspondía con la impecable labor que ella cumplió durante ocho años, con galardonadas del más alto nivel: autoras como Samanta Schweblin, que hoy sigue cosechando reconocimientos internacionales; Cristina Rivera Garza; Lina Meruane, una de las voces más relevantes de la literatura chilena contemporánea; la justicia poética para Cristina Peri Rossi y Carmen Ollé; y Mariana Enríquez, la reina del terror latinoamericano, que donde va transforma una presentación literaria en un concierto de rock. Una lista que habla por sí sola de la calidad y la pertinencia de las decisiones tomadas durante esos años. Me disculpan si alguna se me queda en el tintero.
Pero, como se ha vuelto costumbre, el reconocimiento a mujeres empezó a generar sospechas entre las autoridades. Tanto así que, durante la última ceremonia a cargo de Mercier, la entonces coordinadora se detuvo a explicar el funcionamiento del premio: cómo se seleccionaban los jurados, de qué manera deliberaban (algo que me sigue pareciendo completamente absurdo tener que explicar) y, finalmente, cuáles eran los méritos de cada una de las ganadoras. Quienes estuvimos ahí sentimos que aquellas palabras tenían algo de profecía. Sonaron a despedida, a un adiós amargo e inevitable, aunque en ese momento todavía no fuéramos conscientes de ello.
No hubo razones para sacar a Claire Mercier de su cargo, solo un “suficiente”. Sin embargo, una pregunta hecha meses antes daba ciertas luces: “¿Hace falta ser mujer para ganar el José Donoso?”. No sé quién la hizo, no sé en qué contexto ni con qué argumentos, pero, por lo bajo, me parece desatinada. Y mi reacción cuando la escuché de boca de Claire aquella última ceremonia en que coordinó el Premio fue tan visceral como la manera en que estoy redactando estas letras. Es que para quienes amamos la literatura fue como si nos abrieran una herida en la mitad del pecho. De nuevo los cuestionamientos por el género, de nuevo la crítica a quien hace bien su trabajo, de nuevo la duda sobre los académicos y académicas, nacionales e internacionales, que toman decisiones respecto del área en que tienen años de experiencia.
Y no fuimos los únicos que lo vimos así. Investigadoras, investigadores, académicas, académicos y profesionales de la cultura vinculados a la literatura hispanoamericana levantaron la voz para manifestar su “preocupación y rechazo” ante la salida de Mercier y cuestionaron una destitución que, como señala la carta: “parece motivada por razones de género”. También recordaron algo que resulta imposible no mencionar de nuevo: bajo la coordinación de Mercier el Premio mantuvo su pluralidad y su reputación internacional, reconociendo a algunas de las voces más relevantes de la literatura contemporánea en español. No era, entonces, solo una defensa personal de Claire o al género: era también la defensa de la independencia, el rigor y la legitimidad de un premio que durante veinticinco años había construido su prestigio precisamente sobre la expertise de sus jurados.


¿Les habrá causado sospecha también el Premio Nacional a Cynthia Rimsky o ese amedrentamiento sólo funciona en una universidad de región donde todo depende del arbitrio de la autoridad? Me da curiosidad saber si escribieron o no alguna carta para pedir explicaciones o les habrá bastado con la trayectoria de Rimsky. Si es que la conocen o la han leído, claro.
Supongo que ahora que contrataron a alguien de Santiago para coordinar un premio cuya principal característica es posicionar a la provincia como motor de cultura y que el galardonado es un escritor, nadie se preguntará si hace falta ser hombre para ganar el José Donoso.


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