Daniela Catrileo
La quila ofrece y la quila despoja. Su florecimiento puede ser advertencia de una catástrofe, pero el zumo puede sanar ulceraciones y manchas, y sus semillas se han usado para tratar el asma. Si la palabra griega pharmakon nos legó la condición ambivalente de los remedios (veneno y cura al mismo tiempo), entonces también heredamos la idea de que ciertas materias resisten las clasificaciones unívocas. En este libro El año de la quila (Cuarto Propio, 2025) de Priscilla Cajales, la palabra mapuche «quila» funciona como elemento, profecía y aporía. Su especie florece para anunciar fragmentariamente la memoria. Señala un calendario, marca el paso del tiempo, revela algo e inaugura una pregunta sobre su verdadera consecuencia. Aquí la quila es materia, brota desmesuradamente para no desaparecer, para dejar su rastro entre nosotros.
Comienzo con el título y el poema que inicia y da voz al libro. Como la quila en su florecimiento, cada texto de Cajales busca cierta permanencia. Se mueve entre el retorno al álbum familiar, la dimensión doméstica de la casa, las voces que atraviesan la carne de mujer a mujer, y los destellos cotidianos donde se intensifica la tensión entre el nacimiento y la descomposición. En esa tenacidad se sostienen escenas que preservan esbozos, retazos e imágenes que apenas resisten su desaparición. Cajales la nombra «memoria de sobrevivencia». Una escritura que se aferra al lenguaje, aun cuando este no alcanza para signar lo que duele.
La supervivencia de los recuerdos en los poemas se sostiene en la rutina, en la repetición, en la cadencia del cuerpo que ejerce el ritual. Como si la mnemotecnia fuera un conjunto de versos incrustados en el ser que cría o en la ausencia de quien ya no está. Leemos en los versos del poema «Me siento a escribir para que tú me veas» (pág. 48):
un ejercicio en greda
pensado para tu memoria
y tus intentos de poemas
lo que escribo
me obligo a recostarme en el mismo sofá
cada sábado
a reconstruir sílaba tras sílaba
nuestra llegada a esta casa
y para eso, querido
tuve que contar la historia
de mi madre
O en los versos de «El ritmo de tu respiración» (pág.17):
no irme es una decisión
tan repetitiva como los días
en los que no hago otra cosa
que crear los que serán tus recuerdos de infancia
porque no bastará con la casa limpia
y el menú diario
El reverso, lo que la quila quita en su florecimiento, aparece en la imposibilidad de retener la completitud de los días y del relato del poema «Infancia» (pág. 33):
no recuerdo, corazón
tus primeras palabras
Estas escenas acercan los poemas a la infancia, a sus ritos y formas de percibir el mundo entre la fiebre y el litre. Aunque también al gesto de reconocer y ocultar los desastres, de atravesar los duelos (mínimos o inmensos) y conservar, pese a todo, sus vestigios como en el poema «Signos» (pág. 23):
pero dejaremos cartas, fotografías y cuadernos
en cajones apartados, pero firmes
para cuando queramos recordar otra vez
el origen de este funcionamiento
Cada texto se construye a partir de la observación de lo mínimo, del deseo de rastrear las texturas del mundo que sostiene y percibe. También desde la emoción que interviene en los vínculos, en los diálogos, en la manera de enseñar, en el ejercicio de la maternidad. La entrega hacia el otro (ese asombro vital, el pavor ante lo desconocido, las formas del amor) implica una transformación radical: cuidar, sostener, dejarse afectar. La científica potawotomi Robin Wall Kimmerer escribe en Una trenza de hierba sagrada: «Imagino la liberación de nuevas células. Las hijas que se independizan y flotan por sí mismas. ¿Qué hace una buena madre cuando el tiempo de la maternidad llega a su fin? Estoy de pie dentro del estanque, y se me saltan lágrimas saladas sobre el agua dulce». Wall Kimmerer imagina el instante de abandono de las hijas para encontrar sus propias derivas. En El año de la quila resuena esa misma inquietud, aunque sin impedir la distancia futura. La poeta se detiene antes de soltar, antes de que ocurra esa primera escisión. Todo parece permanecer en la materia invocada por la escritura. Leemos en el poema «Infancia» (pág. 34):
seguro no compartiremos los mismos recuerdos
y discutiremos
sobre el motivo de nuestra primera separación
Frente a las maternidades exigidas a sanar lo irrealizable o a enmendar lo imposible, Jacqueline Rose sostiene que: «Ser madre es, por definición, estar en contacto con los aspectos más difíciles de cualquier vida vivida en plenitud. Porque además de la pasión y el placer, lo que las madres comparten es un conocimiento íntimo. ¿Por qué habrían de pintarlo todo de color de rosa?». En este libro, la maternidad aparece como reflexión inevitable, mas no idealizada: se presenta con sus contradicciones, sus cansancios y sus destellos. Lo imposible no se comprende como fracaso. La poeta trabaja desde el detalle y desplaza la escritura hacia el cuerpo, hacia un aprendizaje que persiste cuando no hay respuesta que alivie. Los poemas no desean la reparación total ni esperan una gran revelación, se movilizan a la atención, se entregan a la demora.
La aporía de la quila, ese florecer que anuncia a la vez vida y agotamiento, atraviesa el libro. En ese doble movimiento se instala su poética: el instante gozoso de la aparición y la fatiga de los días. Su mirada se acerca a lo que nace y se transforma, fija la imagen en otras especies, en su liquidez y su devenir.
La poeta Diana Bellessi escribe que el poema debe «permanecer atento a lo inútil, a lo que se desecha, porque allí se alza la epifanía». Esa atención, esa artesanía de lo mínimo, también contornea la voz de Priscilla Cajales. Lo mínimo, lo pequeño, persiste en una vida común, en su materia. Los poemas de El año de la quila trabajan con la materia y el gesto, con la precisión de quien observa y respira lentamente. La escritura parece fermentar al cuidado del tiempo para sedimentar su pulso. La escritura y la traducción aparecen como ejercicios de lo cotidiano, donde el pensamiento no se separa de la carne.
Entre imágenes y atisbos narrativos, se moviliza una lucidez corporal, la conciencia del ciclo vital, los asuntos de la especie. Nada aquí parece distante ni abstracto. La piel respira, las manos lavan los platos, los dedos sostienen el sartén, el cuerpo se asienta en el cerro y en la casa. El cuerpo se conmueve con las huellas de lo real. En cada poema nos llenamos de insectos, quebradas, huesos, restos de comida. En ese territorio, Cajales también indaga en la genealogía de las mujeres, en la violencia hacia las niñas, en el hambre, en los abusos y en el trabajo doméstico, en la fuerza de quienes resistieron otras catástrofes.
Mujeres que devienen quila: obstinadas, persistentes, sosteniéndose entre las ruinas por una forma común. Poemas que eclosionan, que contemplan y recolectan, que trabajan la lengua como sustrato material, que escriben desde la praxis cotidiana y desde una interrogante existencial que no cesa: ¿cómo seguir viviendo?, ¿cómo amigarse con la idea de desaparecer? Quizás basta con atender la supervivencia de otras especies, como escribe la poeta (pág. 30):
con todo
el boldo crece y la quebrada a su lado se vuelve más espesa.
*El año de la quila apareció por Editorial Cuarto Propio, el año 2025. Fue presentado en la Librería Crisis de Valparaíso por Daniela Catrileo y Cristóbal Gaete.


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